- ¿Estás bien, Boswell?
La voz conciliadora de Levor, le sacó de su parálisis. Asintió aturdido, como respuesta. Levantó la vista, de rodillas en el suelo, e intentando comprobar si lo que tenía en sus manos era sangre. Se tocó con tiento la zona de la parte superior de la oreja, la zona craneal y comprobó que sangraba. Levor le observaba, agachado, con gesto de preocupación.
Boswell desvió la vista al suelo. El gran Pistolero de un mundo muerto yacía en el suelo, en medio de un charco de sangre, y con la mano separada del brazo izquierdo. La pequeña pistola que había logrado dar a Boswell había salido disparada, quedando aislada y lejos del cuerpo de Solarin.
Levor, acercó la mano al pecho de Boswell, incapaz de comprender cómo se había salvado “El Portador de las Llaves” de un combate con el pistolero más audaz de la Historia de los Universos. Al poco, dio con el collar dorado, con “El Ocho”. Sonrió para sí y se dio cuenta que, en el fondo, Boswell no era tan estúpido como le había hecho creer. Boswell sabía que si había alguien que podía salvarse en aquel duelo, era él, por la protección que le confería el amuleto que le había prestado Ottavia en la Torre de la Rosa y todavía tenía consigo, aunque fuera inconscientemente. Levor sonrió a su compañero, quien todavía seguía con la vista en el suelo.
Tras comprobar que Boswell sólo tenía un poco de susto en el cuerpo, se acercó al cuerpo de Solarin y recogió el puñal ensangrentado que había partido en dos la muñeca que podía haber terminado con la vida del matemático de la expedición. Se agachó y torció el cuello para contemplar por última vez al Pistolero vivo. El cuerpo de Solarin aún estaba caliente y jadeando, mientras escupía sangre por la boca.
- Estás desafiando la Senda de Eld, Levor. ¿Lo sabes? –Solarin todavía tenía aliento para hablar entre bocanadas de agonía. –Luchar contra nuestro destino será un combate como el de un manojo de espigas que quiere resistirse a la hoz.
Observó al perdedor con compasión. Apoyó su mano en el hombro del Pistolero, sin apartar la vista de los ojos oscuros y llenos de dignidad de Solarin.
- Tú y yo sabemos cuando será la próxima vez en que nuestras pistolas se batan por última vez, Pistolero. Te esperaré siempre, Maestro. No olvides tu Historia y tu Destino. –Levor sonrió con complicidad.
- Prométeme que ese día llegará. ¡Prométemelo! –Su voz contundente apenas era ya un susurro.
- ¡Por el rostro de mis padres que lo hará! Lo hará, Solarin. ¡Lo hará!
Levor se volvió a su derecha, sorprendido ante semejante promesa, y se encontró con un Boswell emocionado y compungido. No supo saber si era por las palabras de humanidad que había escuchado o por lo que había hecho antes. Dudaba que hubiera visto una ejecución con anterioridad. Aunque tras ver la caída dramática de Markus y del propio Jake -en la Torre de Alderaan y la Torre de la Rosa, respectivamente – Levor pensaba que algo más debía de haber influido en su compañero.
La sangre había dejado de manar, como si milagrosamente se hubiera secado. Aunque había ensuciado parte de su camiseta y su cara. Boswell tenía una pierna arrodillada y la mano derecha en el corazón. Era un gesto extraño para homenajear a un pistolero, pensó Levor. Aunque le honraba el gesto y la intención. El “Viejo Profesor” no pudo evitar compadecerse de los dos y, en cierto modo, emocionarse. Porque, al fin y al cabo, estaban presenciando la muerte de toda una leyenda en la Historia de la Confederación Universal y de la propia VIDA.
- Gracias, Bos...
Solarin dejó sin terminar la palabra y quedó congelado. Su cabeza cayó de medio lado, mirando a Boswell, inerte y sin sujeción alguna.
Ambos hombres permanecieron en silencio, contemplando el cadáver de Solarin “El Cruel”. Finalmente, Levor, con lágrimas en los ojos y sintiéndose culpable de haber sido el causante de su muerte, no en vano había sido quien le había dado el tiro de gracia, se inclinó. Apoyó la mano izquierda en el polvoriento suelo y con la mano derecha cerró con tiento los ojos perdidos de Solarin. Tras hacerlo, se levantó con sigilo, retomando el puñal de Boswell –que había dejado en el suelo, cuando se acercó a hablar con el Pistolero- y le propinó un par de palmaditas en la espalda a su compañero.
Boswell se levantó, limpiándose las lágrimas con la propia manga de su camiseta azul.
- No lo olvides, Boswell. Hay otros mundos aparte de este. – Dijo Levor, asintiendo mientras le cedía el puñal.
Apoyó una mano en el hombro derecho de su amigo y le volvió a dar otra palmadita. Después, miró al fondo de la calle, lanzó un suspiro y comenzó a caminar al espejo.
- Levor... –Boswell lo tomó entre sus manos y le observó de frente, todavía emocionado y aturdido ante todo lo que había sucedido.
El “Profesor” se detuvo. Al contemplar a su compañero se encontró con el Boswell más frágil y, al mismo tiempo, más duro que había conocido.
Boswell levantó el puñal. La punta de la generosa arma que le había regalado el propio Rey Leinad en el planeta Hyperion se apoyó con cuidado en la mitad de su frente, tapando medio lado de su rostro.
- Ha sido y es un placer haberte conocido, Levor. Siento tener que decir, en este triste momento, que ahora comprendo a Ottavia.
Levor se quedó perplejo al escuchar sus palabras. Contenían respeto y dignidad. Lo que nunca había esperado de alguien como él. Estaba gratamente sorprendido. Aunque... todavía no podía confiar en él. Todavía no.
Lo única contestación que recibió Boswell como respuesta fue una amplia sonrisa y una mirada peculiar que no supo interpretar.
- Vamonos. No quiero que suceda que cuando llegue el tiempo en que se podría, ya haya pasado el tiempo en que se pudo.
Levor contempló a Boswell durante unos segundos más, sin perder la sonrisa y dio media vuelta. Boswell sonrió. Se giró para observar el cadáver de Solarin, para quedarse atónito al ver que su cuerpo estaba desapareciendo como si fuese agua que el suelo bebía con desmesurada alegría. La Senda de Eld era un mundo aparte, estaba visto. Nada era lo que parecía. ¿Qué mundo es éste? Se preguntaba el matemático. Lo único que sabía era que ahora, más que nunca, quería alcanzar Terra A.
Pero lo haría con todos sus compañeros juntos.
Echó un último vistazo al cielo y vio un águila negra surcando los cielos. Enganchó su puñal al cinturón, en el lado contrario a las llaves que le había entregado el Guardián y reanudó la marcha.
Su libertad estaba detrás de aquel espejo.
El Matemático no sabía que hacer. Si retiraba su puñal, no estaba seguro de que Levor tuviese los reflejos suficientes como para salvarle la cabeza. Ada observaba la situación asustada, sin saber muy bien qué hacer.
Sin embargo, el temible Pistolero le dio la solución. Esbozó una semisonrisa delirante –a ojos de Boswell y Ada- y retiró el revólver de la frente del Matemático, para –en un rapidísimo movimiento- apuntar a Levor.
- ¿Qué tal, “viejo” camarada? –Terminó la pregunta, lanzando un escupitajo al suelo, sin moverse.
Ada y Boswell no daban crédito a lo que estaban presenciando. Ada no podía creerse que ese era el traidor de Something, un tipo extraño y pasota que estaba en la nave cuando ésta se embarcó en su aventura. Boswell no podía creerse que su antiguo compañero de la Sección de MP del Universo de la Moira.
¿De verdad que Óscar es Solarin “El Cruel”, alias “El Mensajero”?
De repente, el juego de luces, su reflejo, se incrementó espectacularmente, hasta el punto que obligó a Ada y a Boswell a volverse a sus espaldas. Lo que vieron fue la causa real de tan extraño fenómeno: una especie de espejo líquido flotando en medio de la calle, al final del poblado, que hacía rebotar la luz del sol con su movimiento.
- ¿Qué? – Ada dejó la frase sin terminar.
- ¡Atravesarla! ¡No hay tiempo que perder!
Ada y Boswell se volvieron al “Viejo Profesor”. Éste proseguía apuntando a Solarin como si no hubiese abierto la boca para nada, inerte y la mirada fija en el Pistolero.
- ¿Qu-é? –Tartamudeó Ada.
- ¡Cómo! –Chilló Boswell, casi histérico.
- ¡Corred, insensatos! –Gritó Levor, totalmente acalorado.
Ambos se miraron, aturdidos, y después hicieron lo mismo con Levor. Estaba claro que alguien debía quedarse a combatir con Solarin y alguien debía impedir que Ottavia, la General Limenis, muriese a manos de Walter. Boswell bajó la cabeza, resignado. Iba a ver cómo caía alguien a quien había despreciado y odiado hasta el momento: El “Viejo Profesor” Levor. Ahora comprendía lo que estaba haciendo Ottavia. Se reducía a dos cosas: Lealtad y amistad. Levor no había fallado a Ottavia y estaba dispuesto a morir por Ada y por él mismo, el propio Boswell, si con ello conseguía que uno de los dos llegase a la Torre de la Bola de Cristal. Boswell asintió, con el puño cerrado, ignorando a Ada.
- Ha muerto demasiado demasiada gente que respetaba y quería por algo que ni siquiera sé que existe. –Boswell empuñó de nuevo el puñal.- ¡No pienso abandonarte!
Solarin –por el momento silencioso- esbozó su sonrisa más perniciosa. Era el pistolero más letal de su estirpe. Nadie le había conseguido batir, ni siquiera El en otra hora Último de Eld. Se decía que en un duelo con más de 30 pistoleros Solarin “El Cruel” había conseguido batirlos a todos, sin recibir ni el más mínimo rasguño.
La sonrisa que ahora mostraba era la temida “Sonrisa de la Muerte”, por sus alineados y perfectos dientes, que daban la impresión de estar sucios, pese a estar muy limpios. Era el preludio al combate. La expresión de su rostro moreno, piel ruda y de facciones suaves, aparentemente inocente, se transformaba en la cara de un ganador, un violento vencedor. Solarin volvió a escupir, sin apenas moverse.
- Hazlo por nosotros, Ada. –Susurró Boswell, con la mirada más serena y segura que nadie había podido contemplar en él.
Ada dudó. Echó una mirada rápida a los tres hombres, temblando y temiendo por la vida de sus dos compañeros, y dio media vuelta, sin decir ni una sola palabra, corrió en dirección a aquella especie de espejo flotante, llorando de rabia e impotencia.
- Interesante... Dos traidores al precio de uno. Va a estar entretenido este duelo. – Masculló Solarin, entre risas.
- En este mundo traidor, no hay verdad ni mentira: Todo es según el cristal con que se mira. –Respondió Levor, con total seguridad.
Boswell, empuñando su espectacular puñal, no pudo evitar observar de reojo, con aplomo y cierto orgullo, a su compañero Levor.
Primero vienen las sonrisas, luego las mentiras y, por último, las balas.
Entendía Ottavia. Entendía el cariño que demostraba a Levor, a Jake, a Ada o a Sammy. El cariño que sentía por “Los Viejos”, y –especialmente- por ellos tres. El Matemático no había sido capaz de vislumbrarlo con anterioridad: la fe en las personas.
Esa fe que no había sido capaz de mantener y había desatado toda esta carrera suicida. Perdió la fe, perdió la confianza en la lealtad que Ottavia les había ofrecido. Eso le había empujado a quedarse con Levor. Boswell era el único que podía salvarse sin ayuda ni sacrificio de nadie. Si la manera de salvarse era confiando ciegamente en Levor y en la voluntad de Ottavia, eso es lo que haría. Ottavia confiaba en Levor y Boswell confiaría en Levor por Ottavia, aunque eso significase morir en aquel asqueroso desierto.
- Lo que pretendéis hacer es absolutamente imposible. Aún estáis a tiempo de...
El “Matemático” no dio opción: lanzó su puñal con una rapidez y una fuerza inesperadas. Solarin, en cuanto vio su reacción, hizo surgir de la nada una pequeña pistola en su mano izquierda y disparó.
Levor masculló por lo bajo al ver las estúpidas acciones de Boswell. Definitivamente, ese hombre era idiota. Le había dado el pasaporte para salvarse y el muy estúpido decidía meter las narices en un duelo que no le convenía. Encima, sin conocer a Solarin. El Profesor podía dar la sensación de estar completamente sereno y tranquilo, pero su interior era un laberinto de descargas nerviosas que a duras penas conseguía detener. No podía creer que siguiera con vida. Sencillamente, no podía. Ahí tenía al tercero de los pistoleros que velaban por la Senda de Eld. El tercer Pistolero al servicio directo de la Senda de Eld. Mas... la reacción de Boswell, lo dejó fuera de combate durante apenas un segundo, momento en que Solarin pareció desconcentrarse y Levor vio su oportunidad. O disparaba ahora, o jamás saldrían con vida de aquel polvoriento poblado. El dedo índice de Levor apretó el gatillo de su revólver con una frialdad aplastante.
Ada estaba a apunto de cruzar el espejo, cuando escuchó los disparos. Se volvió al escucharlos. Lo único que vio fue a Boswell arrodillado y a los otros dos de pie. Respiró hondo, llorando amargamente, y cruzó el espejo.
Tras dos noches completas de caminata incesante, donde apenas hablaron entre ellos, demasiado concentrados en darse prisa y en alcanzar pronto la Torre de la Bola de Cristal, robando tiempo al que su compañera le había aventajado, alcanzaron el primer poblado que habían visto en todo aquel desierto.
Fue desconcertante, al menos para Ada, ver aquel conjunto de casuchas de mala muerte, a punto de caerse y, algunas, de ser sepultadas por el desierto, que aún se mantuviesen en pie. Al principio, a los tres les costó decidirse si rodear el pueblo o cruzarlo. Finalmente, fue Levor quién decidió adentrarse,con la esperanza de encontrarse algo más comestible que aquellos pobres insectos del desierto de los que se habían alimentado y de beber algo más que agua con sabor a arena.
Cuando entraron el centro del poblado abandonado se encontraba solitario y su ambiente era turbador. Sobre todo por las huellas desperdigadas, recientes, que sólo podían pertenecer a una persona. Estaba claro que estaba abandonado desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, Ada seguíal as huellas de Limenis casi de rodillas, a lo largo de pisadas hundidas y otras casi desaparecidas, gracias al poder del viento. Eran pisadas caóticas, en muchas ocasiones enzig-zag, y había demasiadas huellas de cuerpo entero arrastrándose por el suelo. Boswell no se despegaba de Ada, alerta a su alrededor. No le gustaba nada, pero que nada, ese lugar. No le inspiraba temor aunque temía una encerrona.
Levor,por su parte, daba la impresión de no temer nada. Su rostro y su nariz completamente quemados por el Sol –la piel comenzaba a pelarse- con sus ojos azules ocultos tras unas enormes gafas de sol redondas y oscuras, permanecía serio. Caminaba despacio y mirando al frente. Se acercó a Ada y a Boswell.
- No megusta nada lo que estoy viendo aquí. –Se decidió Ada, un poco conmocionada.
-Pero... ¿Qué ha pasado aquí? –Preguntó Boswell mirando a sus dos compañeros.
El Profesor de los “Viejos”, cuyo aspecto de estudioso había desaparecido de un plumazo, se volvió a Boswell totalmente inexpresivo. Por vez primera, se quitó las gafas con delicadeza y sigilo. La mirada que mostró a Boswell y a Ada fue una mirada de furia contenida y de tensa calma. Sin decir nada, ni dignarse a responder, comenzó a andar en dirección a una de las casas de madera, al más puro del Oeste como bien hubiera añadido Jake. Boswell y Ada se quedaron un poco aturdidos con su comportamiento, observando –atónitos y en silencio- cómo se introducía en el Saloon.
- ¿Qué pretende tu amigo? –Boswell no podía apartar la vista de la puerta.
- ¿No lo sientes? ¿No lo ves? –Ada se volvió a Boswell cada vez más asustada.
Boswell negó con la cabeza. No sentía nada más que estaban en medio de una encerrona. ¿Habría sobrevivido Ottavia a ella?
El molesto viento del desierto regresó, cada vez más violento. Ada volvió a toser, atosigada por el calor y la sequedad. Boswell se quitó la mochila, la posó en el suelo y buscó la cantimplora de agua, para luego ofrecérsela a la mujer. Ella bebió con tiento y tratando de no atragantarse.
El Matemático prestó atención a la puerta del Saloon. Levor había entrado pero no acababa de salir. Eso le ponía de los nervios. ¿No se podía hablar un poquito más? De acuerdo, él mismo no era una persona muy habladora y, sin embargo, dadas las circunstancias, podían ser un poco más comunicativos.
- ¿Qué es eso?
Boswell no tuvo más remedio que concentrarse a donde le indicaba Ada. De repente, en medio de la calle principal de la ciudad –por no decir que la única que tenía- aparecieron unos brillos en medio de los remolinos de viento arenisco. Eran destellos como si el Sol rebotara en algún espejo.
- ¿Qué hacemos?- Ada no pudo evitar acercarse a Boswell, entre tos y tos.
- No podéis hacer nada.
Boswell se sobresaltó. Con un instinto inusitado, desenfundó su gigante puñal y, en un violento arrebato, dio media vuelta para acabar con la punta del puñal a punto de clavarse en la figura que había hablado. Ada, por su parte, no tuvo tiempo de reaccionar ante la sorprendente actitud de su compañero.
Sin apenas moverse, Boswell, observó al personaje. Era un hombre más alto que él, por lo menos diez centímetros más, y tenía su rostro oculto tras un gigantesco sombrero lleno de polvo y un pañuelo hasta la nariz. Tenía los ojos caídos y una mirada tremendamente siniestra tras sus opacos ojos oscuros.
- ¿Quién diablos eres? –Habló Boswell, clavando un poco la punta del puñal bajo sumentón.- ¡Responde!
Ada,tras la sorpresa inicial, trató de convencerlo de que dejase de amenazar alextraño. Posó su mano sobre el brazo amenazante del matemático y tiró un poco de la manga, intentando hacerle recapacitar. Sin embargo, Boswell la ignoró por completo.
El Portador de las Llaves sólo tenía ojos para el extranjero, muy nervioso e intentando recordar el nombre del dueño de esa mirada penetrante y oscura. Había visto esa mirada en alguna parte. ¿Dónde?¿Cuándo? No lo sabía... ¡Pero lo había visto! Y no le gustaba su terrible yenigmática mirada.
A ese individuo -muy bien disfrazado con esa enorme gabardina negra, ahora gris (¿cómo puede soportar el calor?), y vestido con unos desgastadísimos pantalones vaqueros, lleno de rotos- lo había visto en el planeta Hyperion, antes del asalto a la Torre de la Rosa. Fue el tipo que le salvó de la primera ejecución y asesinó sin piedad a sus ejecutores. Estaba seguro que ese individuo había hablado con Ottavia.
- ¿Quién eres?- Volvió a repetir Boswell, mascullando de muy mal humor, sin apartar la vista, y el puñal, del extranjero.
Por primera vez, el pistolero se movió. Despacio, con tiento, y sin mostrar signo de humanidad alguna en su mirada, alzó su mano derecha con un prehistórico revólver negro. Ada apenas podía moverse, de la parálisis que tenía entre la reacción de Boswell y el movimiento del Pistolero.
Con lapunta de la pistola bajó el pañuelo, mostrando su rostro y la media sonrisa más cínica y espeluznante que Boswell y Ada hubieran visto antes. Con sigilo, fue separando la punta de la pistola de su cuello hasta apuntar la frente brillantey sudorosa, enrojecida por el Sol, del matemático.
- Esos no son modales, Boswell. Hay otras formas de preguntar las cosas a viejos compañeros....
El Portador de las Llaves no pudo evitar mover la nuez de Adán con escándalo. ¿Cómo había llegado hasta ahí? Ada, al ver cómo se torcía la situación, se escondió tras la espalda de Boswell, nerviosa, buscando con la mirada algo con lo que defenderse.
- Es posible... Pero no acostumbro a que mis enemigos me saluden por la espalda. –Se armó de valor y sin perder de vista su puñal- No volveré a repetírtelo. ¿Quién eres? ¿Solarin u Óscar? O… simplemente… ¿Ambos?
La mano de Boswell temblaba por momentos y el filo de la hoja se hundía peligrosamentebajo el mentón del pistolero.
- ¡Déjamelo a mí, Boswell! No te corresponde a ti librar este duelo.
Boswell, Ada y el Pistolero se volvieron a su derecha. Un revólver plateado y brillante, que nadie sabía de dónde había sacado el Profesor, apuntaba sin dilación a lacabeza del Pistolero. No había rastro alguno de nerviosismo en su mano. Sus enormes gafas negras estaban sobre la cabeza, enmarañada entre sus rizos rubios. Los ojos azules del “Viejo” noparecían estar –en absoluto- afectados por la tormenta de arena, ni por losdestellos de luz del fondo de la calle. Su rostro quemado por el Sol, casi pelado, serio y decidido causó honda impresión en Boswell y Ada.
- Tienes ante ti al Último. El Último maestro. Estás desafiando a Solarin “El Cruel”, más conocido como “La Sonrisa de la Muerte”. Estás desafiando al Último de Eld.–Se explicó Levor, sin perderle de vista.
Las estrellas tintineaban en el claro cielo nocturno de aquel desierto. La humedad aumentaba la sensación térmica de frío y todos tenían la piel de gallina. Para contrarrestarlo, llevaban una buena marcha de caminata.
Una de las cosas que más le habíallamado la atención a Ada, desde que habían comenzado a caminar a la llegada del crepúsculo, fue que, pese a la cantidad de arena, daba la impresión de estar pisando un suelo muy estable. Eso les estaba ahorrando más cansancio del habitual en estos paisajes. Levantó sus ojos castaños para contemplar las dos lunas de ese mundo, tan extrañas, a la par que fascinantes.
- ¿Estás seguro de que sabes por donde vas, Levor?
La insegura voz de Boswell la sacó de su ensimismamiento.
- Totalmente. – Respondió Levor,sin vacilar.
Ada, observó a ambos hombres, que se hablaban sin mirarse, viendo sus enormes espaldas, en comparación con la suya. Prestó atención a su conversación.
- Hay cosas que te perdiste, por estar a otra cosa en lugar a lo que debiste de estar. –Prosiguió Levor, sin importarle el bufido de su compañero.-Por eso sé todo lo que sé ahora.
- ¿Y qué es lo que sabes?–Preguntó Boswell, nada convencido y algo decepcionado, aunque Ada no supo si con “el Profesor” o si era consigo mismo.
- Cuando a ARyan se le cayó el penúltimo pétalo de la Rosa, Jake y yo fuimos a verla. A partir de aquel acontecimiento, descubrimos varias cosas interesantes…
Boswell frenó en seco, obligando a Ada a frenar si no quería chocar contra él. Levor se detuvo también y le miró con curiosidad.
- Por eso, él…
- Sí, por eso Jake decidió ser elpenúltimo caído. Porque entendió la mayor parte de la situación en la Real Biblioteca de Delain, así como ARyan. Por eso aún hay esperanza.
- ¿Qué es lo que sabes? – Boswellse recuperó y comenzó a andar.
- Sé, gracias a un escrito de nuestro “amigo” Solarin “El Cruel” que firmó como “El Mensajero”, que se conservaba en dicha biblioteca, que una vez caídos por el abismo de la Torre de la Rosa, siempre hay que dirigirse al norte.
- ¿A dónde? –Ada se animó a interponerse en la conversación.
El Profesor sonrió con sinceridady simplicidad.
- A la Torre de la Bola de Cristal.
- ¿Está en este mundo? ¿En este mundo lleno de arena? –Ada abrió la boca, sorprendida.
- Sin lugar a dudas. “Forastero, camina siempre al norte, tu propio norte, y hallarás ahí la Segunda Torre en alzarse en la Senda de Eld”, eso fue lo que leyó Jake.
- ¿La segunda? –Boswell se mostróescéptico.
- Sí, la segunda. Jake vio la creación de la Senda de Eld, en la Torre de Númenor, o por lo menos, hablando vulgarmente “el pistoletazo de salida”. Por lo que nos contó a ARyan y a mí, lo que vio fue una corte de diez temibles pistoleros, cuyos rostros no pudo distinguir, rodeando y protegiendo a una mujer que estaba embarazada. He llegado a la conclusión de que cuando se creó dicha Senda, el número de Pistoleros al servicio de la Senda era numeroso. Dicha mujer creo que es la Reina Gladia, cuya tumba vacía encontrasteis en el planeta MP. En ese complejo ceremonial, esta mujer encerraba la esperanza (simbolizado en la Rosa que todos conocemos) en su interior, hasta que el amor tuviese que ser liberado para salvar a la VIDA.
- Qué gilipollez… Eso es una leyenda. -Soltó Boswell.
- Tiene sentido…
- ¿Eh? ¡Pero qué dices, Ada!
El otro rubio del grupo sonrió, contento y convencido.
- Claro que tiene sentido… porque para liberar el amor… sólo podían encargarse de ello los sucesivos protectores,vigilantes si queréis llamarlo así, de la Rosa. Personas inocentes y amantes de la VIDA.
- ¿Qué? –Boswell volvió a confundirse.
- ¿ARyan, no?
Levor asintió, en muda complicidadcon su compañera. Ada, al ver que Boswell parecía perdido, decidió aclararle.
- ARyan es la última protectora, vigilante de la Rosa. Por tanto, mientras que su esperanza y su voluntad y su amor por la VIDA permanezca firme, la Rosa no perecerá. ¿Me equivoco, Levor?
El más rubio de los dos, negó con la cabeza, dándole la razón.
- Entonces… ¿ARyan está viva?–Boswell seguía aumentando sus niveles de incredulidad.
- Sí. Bueno… su cuerpo puede que esté muerto. Pero, en realidad, no lo está. O eso creo… a juzgar por lo que vi con Markus cuando me adentré en la Bola de Cristal de Ottavia.
Boswell no dijo nada, calentando los fríos brazos por la gelidad nocturna.
- Entonces, si no están muertos…¿Hay esperanza, no?
Tanto Ada como Levor observaron en silencio a su compañero, cuya voz fue más bien un susurro de autoconvencimiento. Levor sonrió sinceramente, comprendiendo.
- Mientras que no estén muertos en ambos mundos, hay esperanza, Boswell.
- Eso, desde luego… -Añadió, Ada, totalmente resuelta y animada.
Por segunda vez en la noche, Boswell detuvo sus pasos, meditabundo. Sus compañeros se vieron obligados a detenerse, respetándole. Le vieron abrirse la chaqueta y sacar de ella dos objetos diferentes en cada mano. En una la Rosa con un único pétalo y en la otra las llaves que le fueron asignadas en la Senda.
- Si no están muertos, si aún están vivos en otro mundo o lo que sea… -Aspiró un poco del helador aire nocturno, mientras volvió sus ojos brillantes a ambos.- Aún estas llaves servirán y esta Rosa puede sobrevivir, ¿no?
Ada le miró sorprendida, sin entender muy bien la situación. Levor, callado, escuchó cada palabra de Boswell, serio. Al final, asintió con su propia cabeza, moviendo sus pegados rizos dorados.
- Si hemos de creer en el escrito de “La Noche Sangrienta” de Solarin… Todo aún está por decidirse. Pero, el azar es caprichoso. No será Solarin quién decida. Tampoco Walter. Ni siquiera Ottavia, Boswell…
Ada no pudo evitar mirar al Profesor, totalmente perpleja, casi asustada. Boswell aún tenía ambos objetos en las manos, con la atención totalmente puesta en su contrario.
Tu Destino ya está escrito, Boswell. -Siguió hablando la figura.- Y sólo hay dos personas en esta Senda que pueden cambiarla.
¿Quiénes? -Preguntó, bastante asustado.
No es mi cometido darte su identidad. Lo único que puedo decirte es que dependes de ellas para no caer.
- ¿Entonces? ¿Quién decidirá?–Preguntó “El Matemático”, angustiado ante el recuerdo momentáneo que acudió a su mente como por arte de magia.
El sonido de una carcajada casi infantil y traviesa, simple y sincera inundó el lugar.
- En realidad, creo que ya lo sabes, puesto que lo “viste”. –Levor alzó sus hombros, sin perder su sentido del humor.- ¿Cuántas personas hay aquí?
- No me digas… ¡Tiene que ser una broma!
- ¿De qué estáis hablando? –Ada intervino, curiosa.
- No, Boswell.- Volvió a negar consu cabeza.- No es una broma. Pero sí, has llegado a la conclusión correcta.
Perplejo, echó un vistazo a ambos objetos que tenía en sus manos y decidió esconderlos de nuevo. Y, para sorpresa de Ada y Levor, esbozó una sonrisa.
- A fin de cuentas, lo que importa es el resultado, ¿no?
Levor asintió, reanudando la marcha, casi dando por cerrada la charla.
- ¿Crees que podemos conseguirlo, Profesor?
Alzó su mano derecha, como quien espanta algo, sin mirarles, para esconder sus manos dentro de los bolsillos de sus pantalones vaqueros. Boswell no se atrevió a seguir insistiendo y Ada decidió que la noche trastornaba demasiado y que lo importante, era seguir teniendo esperanza.
- ¿Qué hacemos ahora?
La voz de Slenya, obligó a Sammy a volver al mundo de los vivos y la cordura. Sentada como estaba, al lado de Iruina, quién estaba rematando el vendaje, no hacía más que acrecentar su cansancio.
Sí… ¿Qué haremos ahora? ¿Dónde estáis cuando se os necesita, hermanitas?
Vio a Slenya, muy seria y con su largo pelo castaño, casi rubio, suelto, al lado de Amets, Vannus y Bibo. ¿Que qué hacían esos hombres ahí? No tenía ni idea.
- Sammy… eres la máxima autoridad de esta nave, en estos momentos. Tienes que decidir. –Vannus hizo su primer comentario en aquella sala, casi apremiando a su compañera, recibiendo una dura mirada de inconformidad, por parte de Iruina.
Se permitió el lujo de cerrar los ojos cuando sintió la sujeción definitiva de sus vendas, evitando así un quejido de dolor.
- ¿A dónde ha ido Ada?
Fue evidente que pilló a todos desprevenidos, por el gesto de sus rostros. Slenya pareció dudar y al final se decidió a hablar.
- Cuando se envió una nave de rescate para socorrer a nuestros compañeros de Hyperion, Ada decidió bajar a recogerlos. Lo único que sé es lo que dijo Vandal, cuando despertó de su inconsciencia en la Sala de Emergencias. Levor y ella habían decidido ir en busca del resto del equipo que está siguiendo la Senda de Eld. Por lo visto, han surgido… demasiados problemas.
Fue bajando la voz, hasta dejarlo en un susurro. Sammy asintió, pensativa. Amets y Vannus se miraron entre sí, con cierto pánico. Bibo se sumergió en sus pensamientos.
- Así que sólo llegó Vandal, que tuvo la mala suerte de toparse con ese traidor de Muñoz…
- Muchas de sus heridas son anteriores. –Interrumpió Iruina, terminando de guardar sus herramientas médicas. – Así que más bien lo que le dejó inconsciente fue el tremendo golpe que Muñoz le propinó al huir en la misma nave en la que él acaba de llegar.
- ¿Y toda esa sangre? –Preguntó Slenya, sin entender muy bien.
- Oh, bueno… En realidad no era suya… -Reconoció Iruina, algo turbada.
- ¿Entonces? –Bibo no pudo evitar ponerse aún más nervioso.
- Bueno… Hay toda una guerra ahí abajo. –Reflexionó Sammy, sin cuestionarse la procedencia de la sangre.- Y la verdad es que dicha guerra… no ha hecho más que empezar…
- Por tanto, repito la pregunta… ¿qué hacemos?
Sammy se permitió el lujo de observarlos un momento, a los cinco. ¿Qué hubiera hecho su querida hermanita mayor? Ada le había abandonado dejándole la responsabilidad absoluta sobre algo que desconocía.
Si Ada había decidido ir con Levor es que algo se había torcido y demasiado. Pero, por otro lado, quería ir a buscarlos y asegurarse que estuvieran bien. Sin embargo, Levor no había pedido más ayuda, por lo que… estaba segura de que tenía la situación bajo control…
- Hyperion va a vivir su batalla más cruenta. Su última batalla… Y nosotros nos quedaremos para ayudarles a conseguir la victoria desde los cielos.
Los ojos de Bibo, Slenya, Amets, Vannus e Iruina se abrieron, sorprendidos.
- Y en cuanto hayan conseguido su victoria… nos dirigiremos directamente a la Torre de la Rosa.
Cuando se recuperaron de la sorpresa, rostros de disconformidad y enfado se repartieron entre los presentes.
- ¡Pero esa no es nuestra guerra! –Chilló Amets.
- ¡Eso es un suicidio colectivo! –Gritó Slenya.
- ¡No estoy de acuerdo! –Se expresó con voz calmada Vannus.
- ¿Por qué? –Se atrevió Iruina.
Sammy sonrió dulcemente, como si aún fuera una niña (en cierto modo lo era, aunque ya hubiera alcanzado la madurez).
- Porque eso es exactamente lo que hubiera ordenado mi hermana, vuestra Adrana o Fitzty para otros, u Ottavia o simplemente General Limenis para todo el mundo.
Tras escuchar aquellas palabras y pensarlas, asintieron mudamente, poniéndose en marcha. Sammy sonrió satisfecha.
Aún quedaba mucho por hacer.
Sintió el golpe abrasador del desierto en su rostro y sus ojos se cerraron de puro instinto.
- ¿Cómo hemos acabado aquí?
La voz de Ada, le resituó. Sí, claro. Estaban en el desierto, porque, de algún extraño modo, tras caer por aquel terrorífico agujero que estaba en la Torre de la Rosa, habían despertado ahí.
- Tal vez sea el mundo al que te lleva. A fin de cuentas, “ya no estamos en nuestro presente”.
¿No estamos en nuestro presente? Qué gilipollez.
- Anda… toma. Que no tenemos todo el día.
Boswell reaccionó ante la tosca y urgente voz de Levor. Logró abrir, a duras penas, sus ojos claros y se topó con unas gafas de sol. Sin decir ni una palabra, la cogió y se la colocó. Fue entonces cuando pudo aprovechar para ver realmente donde estaban y la simpleza y dureza, al mismo tiempo, del paisaje, lo aturdió.
- ¿Dónde estamos? –Se sorprendió a sí mismo, preguntándolo en voz alta.
Levor cruzó los brazos, ya que era el único que estaba de pie, dándole una pose de autoridad, y sonrió casi con ironía.
- En un desierto. En un desierto de un tiempo cualquiera, de un universo perdido, de algún espacio desconocido. ¿Del pasado, del futuro o del presente? Quién sabe…
Deshizo el cruce de brazos para hacer un gesto casi simplista de desconocimiento, levantando los hombros, casi como si no tuviera importancia alguna.
- Sigo sin entender. –Se sinceró, Ada, bastante angustiada.
- Si te consuela, yo tampoco entiendo nada. –Boswell se ajustó las gafas, incrédulo ante un paisaje tan llano e infinito… de arena. Nada más que arena.
Levor suspiró y se acercó a sus compañeros mostrándoles sus dos manos. Tanto Ada como Boswell se impulsaron y se pusieron de pie, gracias a él. Ada se entretuvo un momento, limpiando la arena de sus pantalones y Boswell dedicó un instante a mirar en 360º a su alrededor, para comprender la situación.
- ¿Por qué no hemos sentido el impacto? ¡Dios! ¡Si hemos caído por un precipicio!
- Buena observación, Ada… -Asintió Boswell.
- La respuesta es sencilla, en realidad… “no hemos caído”.
Boswell miró a Levor, con una ceja alzada, incrédulo. Iba a soltar una frase de las suyas, pero se contuvo a tiempo. No era el momento de cabrear a Levor. La situación no estaba para bromas.
- ¿Cuál es el plan?
Levor se volvió a los dos. Parecía que les estaba observando, con su rostro blanquecino y sus ojos azules ocultos tras esas gafas que se había sacado de la manga. Volvió a suspirar y desvió la vista al horizonte.
- De momento, esperar a que llegue la noche.
Si Boswell o Ada tuvieron intención alguna de añadir algo más o discutir lo dicho por Levor, desistieron. A ambos les quedó claro que si había alguien que había tomado el mando de la situación, ese, sin duda, era Levor.
Y cuando sucedía eso, nadie podía luchar contra su determinación.
¡Dolía! ¡Vaya que sí dolía! ¡No en vano tenía la maldita bala dentro de su hombro!
- ¡Joder! ¡Coged a ese cabrón! ¡Aaaagh! –Paró un momento de correr, apretándose el tapón de sangre.- ¡Cogedlo ya!
Su voz, mezcla ira y dolor agónico, retumbó por toda la nave, en cuanto activó el sistema interno de comunicación. Todo el mundo se había enterado de la situación. Había un traidor en la nave que había intentado matar al máximo superior encargado de la misma. Sammy obvió el hecho de que le dolía el hombro y de que se estaba desangrando, mientras intentaba seguir el ritmo frenético que había impuesto Slenya, con Thantalas a su lado. Daneel se había quedado solo en la Sala de mandos de la nave.
¿Que qué había pasado? En realidad, no lo sabía muy bien. Ni ella, ni Slenya, ni Daneel y tampoco Thantalas. El tiempo pareció congelarse y la bala que debería haber reventado los sesos a Muñoz acabó estampada contra el hombro de Sammy. Y Muñoz que debería de estar a nada de Slenya, se había esfumado como el humo.
- ¡Joder! –Volvió a mascullar, mientras tosía y casi cayendo al suelo. Thantalas reaccionó deprisa y logró evitar que se estampara, perdiendo de vista a Slenya.
Slenya tampoco se molestó en mirar atrás. Ya bastante cabreada estaba, consigo misma, por haber disparado a su compañera como para permitir además, que “ese” se saliese con la suya.
- Tiene que tener algo que controla el tiempo y el espacio. ¡Tiene que tenerlo!
Mascullando, mientras esquivaba a sus propios compañeros de la nave, con la pistola en la mano, iba corriendo hacia el lugar más posible donde Muñoz podría estar.
La Sala de Emergencia.
La sala donde contenían todas aquellas mininaves de rescate y de huida en el caso catastrófico de que tuvieran que huir a toda prisa y en cualquier lugar del espacio de Something.
Apretó los dientes, mientras saltaba todas las escaleras en dirección a esa sala, esquivando, saltando y agarrando a la gente que se encontraba, para darse impulso, sin fijar en sus gritos ni en sus rostros, con el corazón bombeando en su lucha desesperada por aportar el oxígeno necesario a ese cuerpo en movimiento.
Cuando llegó, abrió la puerta de una patada e ingresó dentro de aquella gigantesca sala iluminada, con el revólver preparado.
- ¡¡JODER!!
Fue lo único que pudo gritar, soltando a duras penas el aire.
La imagen de Vandal en el suelo con el rostro ensangrentado, frente a un agujero en la pared, aclarando la ausencia de una mininave, hizo estallar toda la furia que había en su cuerpo.
Muñoz les había jodido. Pero que bien jodidos…