Apéndice I: La primera noche…
La noche empezaba a clarear en lo alto del Castillo de Delain. Parn aún permanecía sentado en aquella estancia, que un día había pertenecido al rey Ibax I de Delain. Se sentía cansado, pero ligero por una vez en su vida. Decidió levantarse y seguir a Eowyn. Tras la larga charla que habían tenido, le había pedido un poco de tiempo para pensar y había abandonado la estancia. Sin embargo, el Capitán sabía donde podía encontrarla. Se dirigió al portón, a la derecha y empujó la pared. Se abrió una puerta oculta que daba a una claustrofóbica escalera de caracol y subió. Cuando abrió la puerta final, se encontró con una preciosa balconada y a ella sentada en la misma barandilla, en silencio, mirando al infinito. Dudó. A fin de cuentas, lo que acababa de contarle no hacía sino que convertirle en un cobarde miserable ante sus ojos. Aunque, por otro lado, Otreb estaba confuso con su reacción. Otra persona racional, hubiera reaccionado de otra forma, la que sería normal.
- Bonita vista, ¿no crees?
Escuchó su voz cansada como si fuese casi como un susurro del viento. Entonces vio su rostro, agotado, melancólico y su sonrisa acogedora y no pudo evitar avanzar.
- Lo es, aunque sería más hermosa, si abandonarais esa posición tan peligrosa… Por favor, os lo ruego, bajaos de la barandilla. – Tragó saliva, ante el miedo de que le daba que se despistara y se cayera.
Lo único que escuchó fue una carcajada limpia y sonora. Cuando estuvo a su lado, Parn apoyó sus brazos cruzados sobre la barandilla metálica en la que estaba sentada, agachándose un poco. Ante ellos, la Cordillera de Delain se alzaba majestuosa y desafiante al valle y el valle parecía devolverle el reto en cuanto a maravilla a la propia cordillera. Parn se permitió inspirar el aire y sonreír sinceramente después de mucho tiempo.
- No sé cómo he podido vivir tanto tiempo sin esto… Sin esta hermosa vista.
La voz de Eowyn le sonó clara y sincera en aquella hora. Parecía estar relajada, a pesar del recibimiento que había tenido. Actuaba como la había conocido, como si nada hubiera pasado, volviendo a ser la Eowyn de siempre, a la que tanto había echado de menos.
- Sí. Tenéis razón. Yo también me pregunto qué sería de mi alma si no pudiera contemplar esta magnífica vista cuando deseo…
Un viento ligeramente templado subió en ráfagas a la balconada y meció los cabellos pelirrojos de Parn y los cabellos negros y cortos de Eowyn. Ella no parecía molesta por el precipicio que había ante sus pies, ni las peligrosas estructuras puntiagudas que sobresalían del Castillo y que tanto pánico le estaban dando al Capitán.
- ¿Cómo lo haces? –La miró, bastante curioso.
Ella se volvió como si no comprendiese lo que había dicho.
- ¿El qué? – Levantó una ceja, inquisitiva.
- Bailar y andar al borde del abismo con tanta naturalidad como si cruzaras un río a pie. – Parn la señaló, indicando con claridad a lo que se refería.
Ella sonrió con calidez y balanceó sus piernas, para arrancar un gesto de pánico en Parn y, de paso reírse un poco de él. Al ver que trataría de apartarla, detuvo sus movimientos. Luego sus ojos se posaron en la Cordillera llena de melancolía y recuerdos.
- En realidad, Otreb, toda mi vida ha sido un paseo constante por el abismo. Odio las alturas físicas, pero este tipo de alturas, y hace tiempo que dejaron de importarme. No desde que sé lo que me espera al final de la oscuridad…
Parn la escuchó con atención y en silencio, sin dejar de observarla, pensativo. Así que era eso…
- A mi no me gusta jugar con el abismo… un mal paso y te puedes caer. No me gusta lo imprevisible.
- Prefieres el control… Pero, Otreb… ¿No crees que si no miras abajo no sabes lo que puede haber? A veces es bueno tirarse de cabeza a por una oportunidad y luego volver a escalarlo… para descubrir que el mundo del que has saltado es tan ridículo que no tiene sentido ni saltar, ni volver atrás. Lo único que tiene sentido es avanzar, aunque sea al borde del abismo…
Otra vez susurraba, como si en realidad estuviese sola. El Capitán no entendió muy bien lo que había dicho, pero algo en su interior le decía que comprendía esas palabras mejor de lo que él mismo podría pensar.
- ¿Recuerdas cómo nos conocimos? –Soltó ella de repente, sin dejar de contemplar cómo la Luna Llena de Delain iba inundando el valle.
- Por supuesto.– Se rió. -Además, he de reconocer, que me desbarataste toda la idea que tenía sobre vos. Me sorprendisteis muy gratamente, la verdad. Y entendí por qué él se fijó en ti.
Otro estallido de risa sonoro retumbó en medio de la noche. Parn la acompañó.
- En realidad, cuando te vi con esa cara de estreñido, me diste miedo. Pensé ¡Oh, Dios Mío! ¡Por qué le tengo que caer mal al mejor amigo de Ibax! ¿Y ahora que hago? –Siguió riéndose, como si esos recuerdos, vergonzosos en cierta medida, fueran el mejor chiste del mundo.- Me costó entenderte… y sé que aún no lo hago muy bien… pero pronto descubrí que bajo tus pullas, se escondía Otreb, que sólo quería que no me sintiera sola en medio de esa panda de locos. ¡Porque estaban locos!
- Sí, fue bastante extraño aquel encuentro, donde ambos tratábamos de dejar claro cual era su posición del uno respecto al otro… Éramos los que “peor” nos llevábamos y míranos… -Otreb entrecerró los ojos, tratando de contener su tristeza.
- Al final hemos sido los únicos que hemos sobrevivido… juntos. –El tono fue descendiendo hasta perderse en el silencio de la noche. Había una profunda pena en sus palabras.
Hubo un momento de silencio entre los dos, en el que disfrutaban del paisaje, de la noche y de la propia compañía mutua. Uno junto al otro, juntos pero distantes. Las estrellas empezaban a deslucirse. Una tenue claridad comenzaba a deslizarse por el Oeste, anunciando que en una hora llegaría el alba.
- Éowyn… Hay algo que siempre he deseado preguntaros.- Otreb se levantó, abandonó la barandilla y cruzó los brazos en su pecho, resonando el choque metálico de sus coderas contra su armadura.
Ella no dijo nada, siguió con su mirada en ese horizonte en el que pronto el sol saldría… como esperando la pregunta sin prisa alguna.
- ¿Cuál es vuestro sueño?
Por un instante, Parn creyó que no le había escuchado. Abrió la boca para repetirla cuando ella se le adelantó, sin abandonar sus ojos en el paisaje.
- Si te soy sincera, no lo sé. Aunque supongo que, ahora mismo, mi único sueño es cumplir mi misión y con todos sanos y salvos… Pero aún así… Tampoco podría decirse que ese mi auténtico sueño. ¿Y tú, tienes algún sueño? – Se volvió mostrándole esa sonrisa tenue bajo la luz de la Luna Llena de Hyperion que tanto agradecía ver.
El Capitán se acercó al límite de la balconada, sin deshacer el cruce de brazos, bajó la mirada al fondo de lo que había en la barandilla, apoyando casi su mentón en la misma, impedida por sus manos.
- Tengo muchos… Sin embargo, hay dos que nunca se cumplirán.
El tono amargo y apenado de su voz obligó a Éowyn a mirarle con compasión. Hizo una especie de gesto de comprensión y alzó su rostro a la Luna, como si quisiera que esta le iluminase por completo.
- Nunca digas que hay algo imposible. Pero si te refieres a sueños que quieres compartir con las personas que ya no están en este mundo… Entonces, quedarán en eso… en sueños.
Parn asintió en silencio, provocando un nuevo momento en que ambos no parecían tener que añadir nada más. Tan sólo contemplar cómo el alba llegaba poco a poco en el Oeste y, como consecuencia de ello, las estrellas cercanas al alba, iban muriéndose en su esplendor.
- Esas torres… ¿Qué haréis cuando lleguéis a la última y vuestra misión termine?- Soltó de repente, como si la visión de la creciente luz del amanecer le hubiera inspirado.
Ella tardó en responder, al parecer ensimismada con la contemplación del alba por el Oeste, visible cada vez más por los escarpados picos de la tortuosa cordillera.
- No lo sé, Otreb. No lo sé.- Fue su simple respuesta. No sonó preocupada, ni tampoco dudosa. Fue una respuesta sincera.
- Yo creo que sí lo sabéis… Pero os negáis a reconocerlo. En el fondo, siempre habéis tenido muy claro qué queríais hacer y hacia a dónde queríais ir en todo momento…
Éowyn pareció mostrar sorpresa en su cansado rostro lleno de ojeras, fruto de una noche de vela. A pesar de la refrescante mañana que se avecinaba, ella no parecía sentir frío.
- Y sé, que cuando todo esto acabe… Nos dirás adiós y seguiréis caminando a cualquier otra parte, en busca de otras “torres” hasta que un día la encontréis y te detengas. Porque me da la impresión de que habéis nacido para eso y hacerlo en solitario. Aunque, si os soy sincero… Me gustaría ver cómo otro viajero como tú logre convencerte que su torre es la definitiva y te quedes con él y su torre. Eso sería digno de ver… ¡Toda una muestra de valor por su parte! -Esbozó una media sonrisa que ni era cínica, ni tampoco pretendía ser prepotente. Ella se había quedado muda de asombro, escuchándole, perpleja. Parn por fin la miró, con los ojos entrecerrados y una sonrisa. Finalmente, ella sonrió y volvió a desviar los ojos al amanecer.
- Tal vez tengas razón… Quizás, en realidad, siempre he sabido a dónde iba y qué estoy buscando y me lo niego a mí misma… Pero, no te miento cuando te digo que no lo sé. Cuanto más sé, lo único de lo que cobro conciencia es de mi gran ignorancia de lo que me rodea… Desde siempre he estado obsesionada con saber más de lo que sé. Y reconozco que mi propio pasado y mi propia personalidad me han convertido en la persona que soy… Esa que no puede detenerse en la búsqueda, sea lo que sea lo que esté buscando, aunque muera por ello, sin tolerar que nadie caiga por mi causa. –Levantó los hombros, para bajarlos de inmediato.- Supongo que eso es lo que los mortales llaman “Destino”. Además, mi viaje, mi existencia es más bien una promesa que hice hace tiempo… y creo que es justo que cumpla. A fin de cuentas… Ese sueño del pasado quedará en sueño en el futuro igualmente…
En ese momento, un sonido estridente inundó Delain. Ambos se taparon de inmediato los oídos, ante el fuerte sonido, hasta que se acostumbraron a él.
A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo, como te ha sucedido a ti. Lo que una persona piensa de sí misma, es lo que determina, o más bien indica, su destino. Sin embargo, y lo más importante en tu caso, es la manera en que una persona toma las riendas de su destino lo que resulta ser más determinante que el mismo destino
Seletótsira (La Torre de Númenor)
Contemplaba el agujero de la Torre de la Rosa con serenidad. Habían existido muchos caminos en mi vida y otros muchos para la VIDA antes de llegar a este fatídico instante.
Sólo quedaba un pétalo en la Rosa.
ARyan, Jake y Markus formaban parte de la Bola Negra, así como ya lo había hecho –en parte- Boswell. El primero en caer bajo el poder lujurioso de la Bola Negra, Boswell, me observaba acongojado, llorando en silencio. Tenía la Rosa totalmente apretujada contra su pecho, como si la estuviese acunando. Así le había encontrado cuando entré en la estancia, tras terminar de pactar con el Hombre de Negro y que este se esfumase. Me asomé a la negrura y me di cuenta que el abismo era impresionante. Parecía no tener fin.
En el camino habría más de una herida y, seguramente, al final de todo estaría la Muerte. Mi mirada se dividía entre la Rosa con un único pétalo, a la que se aferraba Boswell, el mismo Boswell y el abismo. Ese pétalo solitario me castigaba. Era casi la prueba viviente de mi fracaso. Si caía... definitivamente, es que habría fracasado y formaba parte de la nada. Significaba que había fallado a todos, como siempre, y por ello sería recordada.
Te hubiera aguardado un destino diferente si Baley te hubiera encontrado antes. Tu espíritu no tendría que soportar ese dolor y sufrimiento y veo en ti un sufrimiento mayor, del que te liberarás pronto, pero a un precio demasiado alto. –La melancólica y apenada voz de Seltetósira retumbaba en mi mente.- Te verás obligada a tomar una decisión, si tomas el camino que creo que vas a elegir, que cambiará el destino de la Senda de Eld.
¿Pronto? En este momento y ahora, realmente era pronto. ¿Sufrimiento? Ya había dejado de sentir. No sentía nada. Ni odio, ni amor, ni culpabilidad, ni orgullo. No sentía absolutamente nada. O, si lo sentía, mi corazón hacía un trabajo espeluznante haciendo creer a mi mente que era un ser sin vida. Diciéndole que todo mi interior estaba en paz conmigo misma, como si no hubiera habido un pasado y ni existiera un presente o un futuro. Era como si ya hubiera muerto antes, en algún momento y un lugar indeterminados, y me hubiera liberado del sufrimiento. Sin embargo, el precio que había pagado –y todavía estaba pagando- ciertamente había sido resultado ser demasiado alto. Había dejado caer a mis amigos. Había dejado morir a unos cuantos en el Universo Eta 2 y otros tantos se habían quedado por el camino.
¿Ha merecido la pena?
La respuesta era no.
Al menos si salvaba a esos cuatro y obligaba a regresar a Sors a los pocos que aguantaban en Something... habría conseguido salvar a unos pocos.
La decisión estaba tomada.
Será una pena que la última y única oportunidad que existe en esta Era de alcanzar la Torre de Eld se desvanezca por... lealtad.
¿Lealtad? ¿De veras existía esa palabra en mi vocabulario? Llegado a este punto, me importaba un cuerno la Senda de Eld, Terra A, y mi propia vida.
Había un combate anunciado, no en esta Torre, que cambiaría la Senda de Eld.
Walter me aguardaba ahí, como me acababa de prometer, en la Torre de la Bola de Cristal, y esperaba que él cumpliese su parte del trato. Aunque sabía, de antemano, que si quería que cumpliese lo prometido, la derrota no estaba contemplada.
Suspiré. Estaba ocurriendo tal y como había profetizado Giskard, El Guardián de Las Dos Torres: mi destino estaba en la Cuarta Torre.
Me volví a Boswell. Me pregunté que aspecto tendría ante sus ojos. Me pregunté cómo se sentiría ahora mismo al ver la cadena de catástrofes que había desencadenado y que aún no había terminado. Me pregunté si soportaría escuchar lo que iba a decirle, teniendo en cuenta que la ceguera se había disipado y la realidad de su “traición” (por llamarla de alguna manera), podría enloquecerle, sin contar que acababa de presenciar la caída del último de nuestros compañeros.
Aún así, la culpa no era suya.
Si hubiera sido sincera desde el principio, si hubiera sido consecuente con ellos, nada de esto habría sucedido. Había sido la primera en romper la confianza en la que se basa la lealtad. Si hubiera dicho desde el principio lo que pretendía, nada de esto hubiera sucedido.
Sin embargo, lo hice.
Ahora debía enfrentarme a la Muerte y enfrentar las dos Bolas en un combate desigual.
El momento del combate definitivo, del combate final entre el Caos y la VIDA, había llegado. Tendría que ser yo quien combatiese a favor de la VIDA contra el Caos –o la propia Muerte- personificada en la figura del Hombre de Negro.
Era un combate perdido desde el principio, lo sabía. Yo no iba a ganar de ninguna manera. Una vez que me introdujese en la Bola de Cristal que me había “regalado” Giskard, ya no pertenecería a este mundo y mucho menos al mundo de la Senda de Eld.
En ese instante me di cuenta, tontamente, de que, en realidad, había conseguido mi pasaporte al infierno desde el principio y lo había llevado conmigo durante todo este tiempo.
No obstante, cualquier cosa me parecía el cielo mismo después del infierno que había pasado, no ya en los últimos meses sino desde el principio de mi búsqueda sobre Terra A.
- ¿Boswell?
Mi compañero apenas pudo prestarme atención. Le sonreí con tristeza.
- ¿Si? – Casi no pude escuchar su susurrante voz.
Me acerqué despacio y con decisión. Por vez primera en muchos meses me sentía segura conmigo misma y con la energía suficiente para seguir adelante. Le observé con curiosidad. Tenía su rostro desencajado y su mirada perdida, desesperada. La barba castaña se asomaba por su cara, de no habérsela afeitado en días.
Introduje mi mano huesuda en el bolsillo de mi pantalón y saqué el colgante del Rey Ibax. Miré a Boswell y tomé su mano izquierda, llena de cortes y con la sangre coagulada, agarrándola por la muñeca. Posé el objeto en su palma y la cerré. Fue en ese instante cuando Boswell pareció salir de su letargo.
- Boswell... No me puedes seguir.
Boswell me miró en silencio, todavía asustado, con el puño cerrado y la cadena dorada colgando. Se quedó un momento mirando su propia mano, como si no comprendiera qué le había dado ni que esa era su propia mano. De pronto, su rostro cambió por completo.
- ¡Os traicioné! Yo... ¡os traicioné! ¡Soy yo quien debo terminar! Yo... –Hablaba entre lamentos.
- No has traicionado a nadie, Boswell. -Le detuve como pude.- No vamos a discutir quien ha desatado el problema sino sobre cómo solucionarlo. ¿De acuerdo? –Traté de ser amable y condescendiente con él. Boswell asintió, no muy convencido. Me observaba con lágrimas en los ojos y podía sentir su pánico interior. No acertaba a explicarme cómo se sostenía aún de pie.
- ¿Cómo pude desconfiar de ti, Ottavia? ¿Cómo pude desconfiar de todos? –Estaba histérico.
- Porque todos cometemos errores, Boswell. –Me separé y le sonreí de nuevo.- Escúchame porque probablemente será esta la única ocasión que tengamos para salvar a nuestros amigos y de salvarnos a nosotros mismos.
El matemático de la expedición asintió, a duras penas. Agarré sus brazos como si quisiera sostenerle yo misma.
- El grupo se ha roto. La armonía de la Senda de Eld se ha roto y solo hay una manera de recuperarla. –Hice una pausa, mientras Boswell asimilaba mis palabras.- Y esa manera sólo podemos solucionarlos los dos. Los dos únicos que quedamos. Quiero que entiendas que no te margino sino que necesito tu plena colaboración para conseguirlo. ¿De acuerdo?
- De acuerdo.- Boswell todavía seguía conmocionado.
- Necesito que vuelvas a Something, con la Rosa. Necesito que te conviertas en su líder. Tienes que convencerles que todo se ha acabado y han de volver a casa, a Sors.
- ¿Me estás pidiendo.... –Sus ojos azules se abrieron, perplejos.
- Te estoy pidiendo que seas el matemático decidido y enérgico que conocí. Eres el único de los cuatro que ha contemplado el interior de la Bola Negra y ha sobrevivido a ella. Eres el único que te puedes salvar sin necesidad de mi intervención. Por eso es importante que te lleves la Rosa contigo y no digas a nadie que la tienes tú.
- ¿Qué vas a hacer? ¡Me estás asustando! –Su voz era casi una súplica.
- Te pido que tengas fe en mi por una vez en tu vida. Necesito que lo hagas.
El rostro de Boswell se contrajo. Era el retrato de la incomprensión.
- Ottavia... Hace tiempo hice una promesa. Todos hicimos una promesa. Y no tengo intención alguna de quebrantarla, mas si ahora soy el único de los cuatro que queda en pie para mantenerla. Si hay que ir al infierno… iré.
- Oh… -Me decepcioné. Pensé que iba a ser más fácil convencerle, pero me había olvidado de esa promesa.- Sí, esa estúpida promesa que hicisteis todos en el planeta MP os ha condenado a todos. Pero no puedes ir al infierno. Ahora no, Boswell. La prioridad es salvar la Rosa.
Le vi vacilar de nuevo, como si el proceso de recibir información se le hubiera atrofiado y necesitase más tiempo del normal para asimilarla. No podía culparle por ello. Sólo esperaba que entendiese que tenía que salir de la maldita torre y con la Rosa. Esa era la única prioridad.
- Y... ¿Levor? ¿Qué pasa con él? –El pánico de Boswell se iba transformando en confusión.
- Levor debe quedar al margen de esto. Si se entera de lo que planeo no sólo lo fastidiará sino que sería capaz de cometer una estupidez. Además, Levor es el único que puede detener la Guerra si consigue alertar a la Confederación Universal. Además, tú y yo queremos salvar a nuestros amigos, ¿no?
- Nunca entenderé vuestra relación. –Cabeceaba, aturdido.
- Boswell... –Maldije interiormente la cabezonería de mi amigo.- Coge el colgante y la Rosa. Vete a Something y devuélveles a casa. Asegúrate de que volvéis todos a casa, y eso incluye a Levor. Y, a partir de ahora, conviértete en el Guardián de la Rosa. Sabrás si hemos fracasado cuando el último pétalo haya caído.
- ¿Me estás diciendo que ya hemos perdido?
La mirada de mi compañero brillaba de miedo. Su tensa mandíbula se resistía a temblar y su rostro contenido me indicaban que Boswell no iba a marcharse tal y como yo deseaba.
- Recuerda esto siempre… “La esperanza es un valor universal que no hay que subestimar”. No lo olvides.
- La esperanza es el único bien común a todos los hombres; los que todo lo han perdido la poseen aún. –Boswell masculló lleno de de rabia.
- Sabias palabras de Tales de Mileto, el padre de las matemáticas.-Le respondí de mala gana.- Todavía no hay nada perdido.
Boswell contenía como podía las lágrimas de impotencia y rabia que todavía no había derramado. Después desvió la vista a su mano izquierda, con el colgante que le había dado, sin soltar la Rosa. Luego me miró a mí y logró sonreír. Era una sonrisa floja y débil, muy forzada.
- Haré lo que me pides aunque… ¡por tu bien más vale que vuelvas! –Terminó por mascullar muy serio y sin mirarme.
- Gracias, Boswell. Sabía que lo harías. – Sonreí, satisfecha.
Extendí la mano, para despedirme, y Boswell me dio la suya.
- Ha sido un placer, Ottavia, sigue siéndolo y lo será siempre.
- Lo mismo digo, Boswell. Suerte amigo. En otro lugar, en otra ocasión...
Boswell soltó mi mano y dio la media vuelta. Le contemplé tranquila hasta ver cómo abandonaba la estancia de la Torre de la Rosa donde habíamos perdido a Jake.
Fue entonces cuando, en medio de la soledad, entre el abismo y yo, me encaminé al mismo borde y cerré los ojos.
Será una pena que la última y única oportunidad que existe en esta Era de alcanzar la Torre de Eld se desvanezca por... lealtad.
Y me dejé caer por el abismo.
Terra A había dejado de existir.
- ¡Ottavia!
Boswell no podía creerse lo que estaba contemplando. Sencillamente, no podía. Ahora todo cobraba sentido ante sus propios ojos.
¡No voy a arriesgarme a regalárselos a la Muerte sólo por que tú no comprendes la diferencia entre ARyan y la Rosa!
Ella lo había entendido desde el principio… ¿Por qué no lo había visto venir?
Además, por mucho que corras, el resultado no va a cambiar. No en esta torre, Jake.
- ¡La Rosa! ¡Conseguid la Rosa! –Gritó con convicción y, a continuación, prosiguió disparando sin piedad a Walter. Dudó. ¿Qué podía hacer? No podía dejarla sola frente al Ser más temible de la VIDA, pero –y al mismo tiempo- sino no ayudaba a Jake a recuperar la Rosa iban a perder todos. La miró una vez más y decidió confiar en Ottavia. Cerró la puerta de un golpe y entró en la estancia de la Rosa.
Fue entonces cuando estuvo a punto de gritar del pánico al ver que la estancia estaba dividida en dos, partida por un infranqueable e interminable abismo. Su corazón se contrajo al ver a Jake, al otro lado del mismo, apuntando al techo con su pistola.
La Rosa estaba colgada en el techo, en la mitad del abismo, en medio de la nada por ¿un débil hilo? Una cuerda fina era lo único que la sujetaba, al parecer. Intentó ver escaleras, puente o entrantes en las paredes para pasar al otro lado, sin tener que caer en el agujero sin fin.
¿Cómo ha conseguido cruzar Jake, al otro lado?
- “Caprone”... –Se le escapó a Boswell, alzando los brazos, como si con este simple gesto pudiera detenerle.- ¡Antes de hacer nada, pensemos!
Sin embargo, Jake no podía pensar. La cabeza estaba a punto de estallarle, la sangre seguía manando con cierta espectacularidad por la frente, cayéndole ante los ojos. Para Boswell, Jake, en esos mismos instantes… era la misma imagen de la perdición.
Jake sólo quería recuperar la Rosa. Quería recuperarla para poder besarla, amarla y desearla. La Rosa... ARyan. Podía perdonar a Adrana que hubiera permitido su caída, porque ahora lo entendía todo, pero no se perdonaba así mismo por haberlo permitido.
- No hay tiempo. ¡Es cuestión de ahora o nunca! ¡Tienes que prométeme una cosa!
Boswell tragó saliva con dificultad, desde el otro lado del agujero, y respiró.
- Tú dirás, Jake. – Fue lo único que se le ocurrió responder, sintiéndose totalmente impotente.
- Pase lo que pase ahora, tienes que coger la Rosa. Y... ¡Pase lo que pase, has de seguir avanzando en la Senda de Eld, como teníamos previsto! ¡Tienes que alcanzar Terra A antes que Walter! ¡Tienes que llevar la Rosa a la Torre de la Bola de Cristal! ¡¡Voy a dejarte el Destino de la VIDA en tus manos, Boswell!!
El Matemático y Portador de las Llaves se quedó petrificado ante la pasmante dignidad, lógica y contundencia que contenían las palabras de Jake. Lo acababa de decir no sonaba como un loco sino como alguien que se había hecho pasar por uno, para… ¿salvarnos a todos? Horrorizado, no sólo con sus pensamientos, sino con los propios de Jake no pudo evitar hacerse la siguiente pregunta:
¿Qué diablos piensa hacer ese loco?
La respuesta tardó poco en llegar.
Jake dio media vuelta, avanzó unos metros hacia atrás y se quedó quieto, frente a Boswell, que seguía las acciones de su compañero desde el otro lado del abismo, aún con las manos arriba, sin saber qué hacer. Desenfundó su revólver con tranquilidad y regresó a la posición original en la que su compañero le había encontrado.
El Portador de las Llaves miró al techo, rezando y temiendo por la Rosa. Si Jake disparaba, la Rosa caería al abismo.
¿Cómo pretende atraparla?
En esos segundos de espera, escuchó la cólera de Walter a su espalda, amortiguada por la puerta, y pensó en Ottavia. Tragó saliva, rezando mentalmente. Era ahora o nunca y estaba claro que sólo había una oportunidad. ¡Ojalá lograse contener al Hombre de Negro el tiempo suficiente para recuperar la Rosa! A Boswell no le quedaba otra opción que confiar en ellos dos.
Jake lanzó una ojeada rápida a su compañero. Lo encontró muy nervioso para su gusto y sonrió. Sólo le quedaba albergar esperanza en Boswell, porque Adrana se estaba sacrificando por la Rosa y el mismo Jake iba a ser el último. Algo le había dicho a Jake que Adri –como realmente llamaba Jake a su amiga- no le fallaría al final de todo. Nunca lo hacía. Sólo que hasta ahora, no había sido el momento adecuado.
- Espérame, ARyan. Espérame porque me reúno enseguida contigo. –Susurró como si recitase el Padrenuestro.
Un atronador disparo retumbó en la sala, sobrecogiendo totalmente a Boswell, quien nunca se acostumbraría al especial sonido de la bala saliendo del cañón, viajando en el aire hasta que impactaba contra algo. Como movido por una fuerza superior, su vista se enfocó en la Rosa flotante en el abismo, viendo con horror cómo ésta iba cayendo. Poco a poco, la Rosa –volando ligera-, se acercaba peligrosamente al límite del comienzo del precipicio.
Sin embargo, algo imprevisto sucedió.
Jake, tras lanzar el certero disparo, soltó la pistola y comenzó a correr en dirección a la fosa. Cuando llegó a su lado del borde, dio un elegante salto hacia el centro, atrapando con su mano derecha la Rosa, clavándose las espinas en las manos, ante el sorpresa y la turbación de su compañero y comenzó a caer hacia el lado donde se encontraba Boswell. Éste reaccionó lo más rápido que pudo, saliendo de su estupor y corrió a socorrerle.
Jake cayó en el otro lado, con el cuerpo colgando en el escarpado, y apenas consiguió sostener su caída, aferrándose con la única mano libre que tenía, al borde del precipicio y sujetando la Rosa con la otra.
- ¡Cógela! –Gritó Jake, totalmente enérgico.
El Matemático se lanzó al suelo y lo primero que hizo fue agarrarle de la mano para evitar su caída. Trató de empujarle hacia arriba pero Jake pesaba demasiado.
- ¡Joder! ¡Déjame que te suba! –La impotencia de Boswell era más que evidente.
El Pistolero en que se había convertido Jake, le observó con pena y serenidad a su compañero.
- Coge la Rosa, Boswell. ¡Cumple tu palabra y déjame partir!
- ¡¡Ni hablar!! –Masculló entre dientes, haciendo de toda su fuerza para lograrlo subir.
Jake levantó la Rosa y la puso ante el mismo rostro de su compañero, congestionado por el esfuerzo de querer subirle, aferrado ferozmente, con ambas manos, a la mano de su amigo. Los ojos marrones de Jake, llenos de paz y comprensión, se anclaron en los del Matemático.
- Vete, pues hay otros mundos aparte de éste.
Boswell le miró, perplejo. La voz neutra, serena y llena de dignidad de Jake, consiguió aturdirle unos segundos. Una voz interior, que sonaba en su cabeza, le recordaba cruelmente que había hecho una promesa y, quisiese o no, debía respetar la voluntad de Jake. Que él no era nadie para decidir su propio destino. Pero, rápidamente la espantó. ¡No, salvaré a los dos!, se dijo, auto convenciéndose con fiereza.
Con la mandíbula a punto de estallar, de la fuerza que estaba haciendo por subirle y por el ataque de rabia y desesperación que le entró al escuchar la petición de Jake, soltó una mano para sostener a la Rosa, sin soltar a Jake con la otra.
- Sabía que podía confiar en ti, Boswell. Gracias, compañero.
Esas fueron las últimas palabras que escuchó, antes de ser consciente de dolor en su mano derecha y de lo que acababa de perder.
Esas fueron las últimas palabras que escuchó antes de que Jake le diera un brutal puñetazo en la única mano que le sostenía, logrando soltarse, cayendo en picado y perdiéndose su rostro en lo más profundo.
- ¡¿Ottavia?!
El grito me obligó a concentrarme en la puerta. ¿Qué hacía Boswell todavía ahí? ¿A qué diablos esperaba? Walter estaba comenzando a recuperarse del ataque sorpresa, por lo que no me quedaba mucho tiempo para hacer reaccionar a mi compañero.
- ¡La Rosa! ¡Conseguid la Rosa! – Le grité para, a continuación, seguir disparando.
Boswell pareció vacilar, aunque enseguida salió corriendo, cerrando la puerta tras de sí.
En ese momento dejé de disparar. Bajé mis dos revólveres plateados y los enfundé en mi cinturón. En un acto reflejo, me llevé la mano al colgante dorado, mi “Ocho”, y lo besé. Dependía de ese colgante para recuperar la Rosa y al Ka-tet de la Moira.
Walter, tras unos segundos de sorpresa, se recompuso. El agujero de la frente desapareció y el de la mano también. Su reacción inmediata fue lanzarme una de sus bolas de energía invisibles, como las que había lanzado a Jake por los aires y casi lo mata. Sin embargo, no noté ninguna fuerza y tampoco campo magnético alguno. Vi como su rostro inhumano trataba de reflejar la perplejidad.
- Te superas a ti mismo, Walter. Pero, esta vez tu poder no funcionará.
El Hombre de Negro permaneció en silencio y estático, como intentando comprender qué había fallado.
- No te preocupes, Walter. Puedo comprender tu desazón. Puedes intentarlo todo, pero no es en esta torre donde debe celebrarse nuestro duelo. Creía que ya lo sabías…
Me observó con gran atención, sin expresión alguna, fijándose en mi collar. “Sonrió” con desilusión, aunque con energía. Se sacudió el uniforme, agujereado por mis propias balas, indiferente.
- Por supuesto, Dama de las Sombras. Aunque eso no cambia la situación. Te has quedado completamente sola. Sólo hay un pétalo en pie en la Rosa... El Tuyo.
¿El mío? Me reí con ganas por su comentario. Hasta él mismo se había equivocado. Aunque eso nos y me beneficiaba. En las últimas horas había comprendido que yo no era ese pétalo, sino ARyan. Y la razón por la cual teníamos una última esperanza de salvarnos recaía precisamente en las circunstancias de la “caída” de mi compañera. Ella no había caído, sino que Walter se la había llevado. Mas eso no significaba que ARyan hubiese sucumbido a la oscuridad. Cuando comprendí eso, me di cuenta de que no había prisa por seguir el juego de Walter, prisa que sí tenía Jake. Porque, mientras nosotros tuviéramos la Rosa, por mucho que él tuviera a ARyan, la esperanza permanecería viva. Porque había una diferencia entre nosotros y él. Nosotros estábamos vivos y él estaba muerto. Y, por ende, ningún muerto podía entrar en los últimos niveles de las Torres, salvo que… utilizara a sus “esclavos” para entrar.
Me sentí llena de energía y me sorprendí conmigo misma. ¿Cuántas veces le había tenido de frente y había estado aterrorizada tan sólo con imaginar su mera presencia? Ahora no me inspiraba nada. Absolutamente nada. Tan sólo el vacío y yo.
- No podrás alcanzar la quinta torre sin tu Ka-Tet al completo. ¿Lo sabes, verdad?
Le asentí con tranquilidad.
- Es posible que mi Ka-tet haya caído. Pero tú no alcanzarás Terra Alpha. No mientras vivan los Pistoleros, el Ka-tet original.
El Hombre de Negro alzó una ceja negra, meramente artificial en medio de su rostro nácar.
- ¿Cómo dices? –Su voz iracunda estalló por todo el lugar.- ¡Mientes! ¡¡Mientes!! –Levantó la mano, acusadora, fuera de sí.- ¡Solo hay un Ka-tet y están todos bajo mi dominio! ¡Baley está muerto, traidora!
Cabeceé. En el fondo, nadie conocía a nadie y, mucho menos, las dimensiones reales de la Senda de Eld. Nadie, salvo Solarin “El Cruel”. Por alguna razón desconocida, mi corazón decía que Baley aún estaba vivo.
- Quien avisa no es traidor, Walter. – Intenté sonreír, mas me salió una mueca de resignación.- Tú deberías saberlo mejor que nadie.
Colérico, aulló, y lanzó una bola de luz cegadora cuyo impacto no sentí. Lo intentó un par de veces más y desistió. Su cólera era imposible de describir.
- ¿Quieres recuperar a tu Ka-tet? –Graznó.
Asentí, sin moverme.
- Quiero un duelo en la Torre de la Bola de Cristal. Quiero que la Reina Negra se postre ante mí en mi jaque mate, en mi jaque mate del Rey Blanco. Sólo tú y yo, un combate de igual a igual. ¡¡No llevarás ese colgante!! ¡¡¡Quiero un duelo final entre mi Bola Carmesí y tú Bola de Cristal!!!
- ¿Qué ofreces y pides a cambio?- Pregunté, apoyando mis manos en las culatas de mis revólveres, por si se le ocurría improvisar y atravesar la puerta donde se encontraban Boswell y Jake.
- Si caes... ¡Todo será mío! Absolutamente TODO. Si, en cambio, soy yo el que pierdo la partida (cosa que dudo), la Bola Carmesí será tuya.
Medité su propuesta en unos rápidos segundos. El muy cabrón sólo había ofrecido la Bola Negra (¿qué otra podría ser sino?) a cambio de todo. Por mucho poder que tuviese esa Bola, era demasiado poco. Pensándolo bien, ahora era la última oportunidad de negociar un trato imposible, teniendo la ventaja de que no me podía matar. Aunque, en el interior de mi corazón, sabía que negociase lo que negociase, al final de todo, no cumpliría, salvo que fuese derrotado. En ese momento, de fondo y muy de lejos, escuché a Boswell gritar y lamentarse. Bajé la mirada, triste. No quería pensar en lo que había pasado ahí.
- Aceptaré el Duelo, sólo bajo estas condiciones. Boswell saldrá vivo de esta torre y sin pertenecer a tu dominio. Será libre. A cambio, me presentaré en la Torre de la Bola de Cristal sin este arma que porto. –Agarré el colgante del Rey Ibax y lo ahogué en el interior de mi puño.- Pero... este arma no te pertenecerá jamás. Acepto tus condiciones si eres el que caes, pero...
- ¿Pero? –Walter empezó a recuperar la compostura y la cordura.
- Pero si caigo yo, tendrás que liberar de tu yugo a todos: a Markus, Jake y ARyan, incluido Boswell. A cambio, se te concederán todas las herramientas de la Senda y la identidad del Último para que puedas enfrentarte en el Duelo final contra él.
Walter abrió los ojos rojos, llenos de lujuria imposible de contener.
- ¿Me estás diciendo que ofreces tu vida, ofreces someterte a mí de por vida a cambio de liberar a “mis esclavos”?
- Sí, eso estoy diciendo. –Respondí escueta y sin vacilar.
El Hombre de Negro sonrió, pernicioso y con sonoridad. Mantuvo la vista fija en mí y no pudo evitar frotarse –discretamente- las manos, lleno de placer. Se me acercó con cuidado, a sabiendas que no me podía tocar. Tenerle ante mí me hizo tomar conciencia de que era una batalla perdida de antemano. Mas, prefería perder la batalla que perder la guerra. El verdadero Ka-tet cumpliría su fin sin mí. Yo solo era una pieza más del engranaje, pero no la pieza clave. Una vez lo que había entendido, la mayor parte de mis miedos y preocupaciones se habían desvanecido.
- Acepto tu desafío, Dama de las Sombras. Te dijo vivo al único que “queda” en pie. –Rió maliciosamente.- Dentro de esa sala hay un abismo. –Señaló la puerta que habían atravesado mis compañeros.- Sigue la Senda del Pistolero y busca el Espejo. Te espero ahí, en la Torre de la Bola de Cristal. Espero que para entonces... No te hayas arrepentido de tu decisión. –Esbozó una aterradora y, a la vez, dulce sonrisa.- Disfrutaré de lo lindo cuando seas mía...La estancia era luminosa y espaciosa. Las sombras por los que penetraba la claridad (porque en medio del turbulento Mar de Asgârd, jamás se veía ni el sol ni la luna de Hyperion, cuyos cielos permanecían sumidos en la oscuridad) eran de formas extrañas y aterradoras, aumentando más la inseguridad con el ruido constante del temporal eterno del exterior. Esas tétricas sombras eran las que acechaban por cada uno de los huecos de los pétalos de daban forma a la Torre de la Rosa. Pero ni las sombras, ni el aterrador ambiente que hubiera asustado hasta el más valiente distrajo ni un poco a Jake. Todo lo contrario, ajeno al miedo de Boswell y a la inestable plataforma en la que se alzaba la Torre, Jake avanzó sin dilación al portón. Posó su mano en el pomo de hierro, lo hizo girar con gran escándalo y la puerta cedió con amabilidad.
Boswell le seguía con el continuo sobresalto en el cuerpo. Podía sentir esa misteriosa y aterradora presencia pululando por la estancia. Era la misma sensación que experimentó en la Torre de Númenor ante la vieja/o (todavía seguía sin saber que diablos era “eso&rdquo
que le mostró la Fuente de la Verdad, tras marearle con el juego de los Cofres y eso no le daba buena espina. La misma presencia que le había acechado unas ¿horas? ¿minutos? antes, en el primer nivel de esta Torre. Y, eso sólo significaba una cosa: problemas.
- ¿Preparado? –Preguntó Jake, sin volverse.
- Preparado.- Logró pronunciar Boswell, nada convencido.
Jake asintió y abrió de una patada la pesada puerta, como si fuera de papel.
Lo que sucedió a continuación, Boswell apenas consiguió recordarlo. Un espeluznante golpe de luz lanzó por los aires a Jake, estampándolo contra la pared al otro extremo de la estancia (sonando como si se le hubieran partido todos los huesos del cuerpo) y ese mismo golpe de luz, le cegó por completo, casi tirándolo al suelo a él también.
Conteniendo la respiración, Boswell consiguió mantenerse en calma e intentar mirar qué había en el interior del otro lado de la puerta. A duras penas soportó esa mirada colérica, ególatra, escarlata, inhumana y penetrante hasta el infinito. A duras penas pudo mantener sus ojos en el Ser que avanzaba hacia él, vestido totalmente de negro, con una especie de túnica. Su cara era nácar y estaba demasiado pálido como para estar vivo y... ¡Esa sonrisa!
- Al Portador de las Llaves.... Gracias por regalarme dos llaves, sabía que no fallarías. Ahora sólo me falta ella.
Se atrevió a coger aire y a tragar saliva. Aunque alguien le hubiera ordenado ¡Corre, Boswell! Sencillamente no habría podido. Ahora sí podía personificar el miedo. Ahora sí podía tocarlo. Porque eso era lo mismo que había visto debajo de la Torre, porque eso ¡Era Walter en persona y no una ilusión! Pero cómo demonios ha podido entrar…
- Consígueme la Rosa, Boswell. Consíguemela y pronto todos tus más fervientes deseos se convertirán en realidad.
- ¡Antes tendrás que matarme, Walter!
“El matemático” se atrevió a mirar por encima del hombro y lo que vio le dejó atónito. Aún más de lo que estaba…
- ¡Jamás conseguirás la Rosa, pero si lo haces será a costa de pasar encima de mi propio cadáver!
Jake, pese al brutal impacto, se había levantado. Sangraba abundantemente por la frente, dejándole la cara de un tono carmesí, dándole un aspecto fiero, y demente, y las piernas le temblaban de una manera espeluznante. El Portador de las Llaves nunca supo cómo Jake no se había caído de rodillas. Sin embargo, Jake había reunido fuerzas y valor para desafiar a Walter con una única pistola. Ese tipo había perdido la razón y se había vuelto loco… ¡Sino cómo iba a desafiar a un tipo inmortal!
- ¡Jake! ¡No! -Comenzó a gritar, en un desesperado intento de frenarle.
Walter levantó su mano nácar, totalmente huesuda, gigantesca y alargada, con elegancia y apuntó a Jake con el índice izquierdo. Para Boswell fue un Deja vú. Ese mismo gesto, mal visto, lo había ejecutado Walter ahí abajo, en esta misma torre, y lo habría terminado de hacer, de no haber sido por Jake y sus disparos. ¡Oh, Dios Mío! ¡El Walter lo va a sentenciar a muerte! Eso iba a hacer, cuando un atronador disparo impactó sobre la mano levantada de Walter, apartándola bruscamente debido al brutal choque. Aquel ser no emitió sonido alguno de dolor, sino que observó, impávido, cómo su mano quedaba agujerada y se propulsaba hacia atrás. Nada emanó de la herida, sino que mostró un pequeño agujero sin gracia.
Jake se volvió en dirección al disparo y sonrió, por primera vez en muchas horas, totalmente aliviado. Había creído en su propia esperanza desde el principio y la esperanza acudía en su rescate en el momento indicado. Nunca le había fallado. Su único problema era que era una cabezota sin remedio, pero siempre podía su instinto de protección sobre su cabezonería. Ahora Jake sí podía jactarse de conocerla demasiado bien. Pese a sus dudas, ahí estaba, sin fallarles. Sabía que, pese que a su negativa inicial, finalmente sucumbiría a su conciencia. Siempre ganaba la batalla su conciencia y, aunque le doliera en el fondo de su corazón, había jugado con esa baza desde el primer momento, porque sabía que así acudiría. Le dolía saber que la había manipulado de una forma retorcida y, por qué no, cruel. Pero ahora ya estaban los tres.
Por eso sonreía Jake, con todas sus ganas y todas sus energías. Aprovechó esta oportunidad para lanzarse a la carrera a la puerta que le separaba de la estancia de la Rosa. Boswell, confuso y aturdido, en medio del eco del estallido del disparo que rebotaba por la estancia, hizo lo mismo, casi por imitación.
Otro atronador disparo retumbó por toda la estancia. La bala impactó sobre la frente del Hombre de Negro dejando -tras de sí- una estela de pólvora. El Hombre de Negro, debido al nuevo impacto, cayó de espalda al suelo.
Jake consiguió llegar a la puerta y la atravesó sin echar la vista atrás, totalmente ciego en su objetivo. Boswell, sin embargo, se detuvo para intentar identificar al autor de los oportunos disparos. Les había salvado la vida y si lograban salir de ahí, tenía que darle las gracias. Lo que vio fue una figura pequeña y oscura, oculta tras las sombras, alcanzando el último escalón del último nivel de la Torre de la Rosa, de un salto, mientras disparaba sin tregua y sin piedad alguna contra el Hombre de Negro. Cuando la figura se descubrió de entre las sombras, Boswell recuperó la compostura. No pudo hacer otra cosa que gritar, sorprendido.
- ¡¿Ottavia?!
Jake se detuvo un instante, a coger aire, después subir la interminable escalera de caracol que era el maldito “tallo” de la Torre de la Rosa. Boswell también se detuvo, rezando para que se detuviera más rato que el de recuperar el aire. Aún sentía el temblor en sus piernas, cada vez que su pie se apoyaba en un peldaño.
Qué ironía… Reventar los cristales era la solución.
Hizo una mueca patética de sonrisa, y alzó sus ojos azules, en medio de la oscuridad, para ver la figura decidida y fresca de Jake. Cabeceó para sí, rendido. Ya lo había entendido. En el fondo, Jake, en el momento de salir de su trance, había evitado que eso les atacase y había desaparecido de sus mentes. Porque, fuera lo que fuese, no estaba físicamente ahí, sino en sus mentes. Y, fue, precisamente, el disparo, o más bien los rabiosos disparos de Jake, lo que les había salvado, arrancándolos de cuajo de la ilusión (o fuera lo que fuese) en la que habían sido atrapados.
- Vamos, Boswell, queda poco para el último nivel.
Levantó la vista y lo vio serio y apresurado, siempre con el revólver en la mano. “Bueno, tampoco es que yo me quede corto”. Pensó para sí, mirando fugazmente el resplandor apagado de su puñal morado izquierdo. La cuestión es que, cuando toda la ilusión terminó y los cristales reventaron, debido a las balas, la estancia oscura se iluminó de golpe, cegándoles y aturdiéndoles por completo durante unos minutos. Y fue cuando, para su sorpresa, la Bola en la que había llegado había desaparecido por completo ocupando en su lugar una retorcida y fe escalera que subía hacia el techo. La escalera, como todo lo extraño de aquella torre, no era sino un verdadero rosal que se retorcía originando la escalera de caracol. Y, cómo no, al ser un auténtico rosal, era mejor no apoyar las manos… Por si acaso. Jake no dijo nada y él mismo tampoco. En realidad, las palabras, en aquel momento sobraban, por lo que Jake, en silencio se puso en pie, comprobó su revólver, y le animó a subir las escaleras.
Así habían ido ascendiendo, poco a poco, sin salirse de las escaleras, pasando niveles sin detenerse en ellos (tampoco es que hubiera algo de especial interés, porque estaban hundido en la más absoluta de las negruras), tan sólo para acabar con la existencia de los emparedados y del agua que se habían traído, hasta que hacía un rato Jake parecía haber empezado a distinguir el final del trayecto. Entonces, había apresurado el paso.
Ya en el umbral del último nivel de la Torre de la Rosa, Boswell seguía a Jake, vacilante. Qué importaba el tiempo transcurrido, qué importaban los minutos. El tiempo era irrelevante. Todo, incluso hasta la torre misma, era irrelevante ahora mismo. Lo que le preocupaba era el estado mental de Jake.
No dudaba que sería capaz de matar y/o matarse llegada la hora. Había disparado sin dudar ahí abajo, sin importarle lo más mínimo su presencia o si hubiera podido salir dañado por efecto colateral. Ya había matado a aquellos desalmados caballeros y, antes de todo eso, él mismo le había disparado, sin remordimiento alguno, por orden de Ottavia, en el interior de la Torre Gris de Alderaan. Ahora, todo aquel dolor, traición, desconfianza, ira y desilusión vividos en aquel momento (que, prácticamente había olvidado, demasiado lejano en el tiempo, como un mal recuerdo) se le antojaba anodino y simple, casi ridículo.
Según ascendían los últimos peldaños, “El Matemático” comenzó a pensar en Markus y su caída en la Torre Gris de Alderaan. Pensaba en la conversación que había sostenido hacía rato con esa figura de negro.
No lo entiendes, Portador de las Llaves… Lo que tú llamas esperanza, no existe. Todos habéis caído. Se acabó.
Esa parte le tenía preocupado desde que Jake disparó. ¿Cómo es posible hayamos caído todos, si hay un pétalo aún en la Rosa? Eso le tenía intrigado y angustiado porque…
La Torre Gris de Alderaan. Ahí comenzó todo. En el momento en que ¿Markus?, creo recordar que así se llamaba, y ella tocaron la Bola, ambos cayeron bajo mi influjo. En realidad, a ella la dejé “viva” porque, como habrás deducido, la necesito para mis intereses.
… De ser cierto lo que decía, significaba que el único que quedaba en pie, era Jake. Es decir, que Jake era el único y último pétalo de la Rosa. Lo que también le estaba martirizando era que, según lo que dijo ese tipo de negro, Ottavia ya había caído… y que lo había hecho en el mismo interior de la Torre Gris. Estaba claro que tanto Markus y Ottavia habían tocado la Bola Negra (o Carmesí, como lo había llamado el ser de negro)… Sin embargo, él no había tocado la Bola Negra y había dejado de pertenecer a este mundo. Entonces... ¿Cómo ha caído Ottavia? ¿Por qué todos parecen tan convencidos de que yo mismo he sido el primero en caer? Hablando de Ottavia… seguramente, en estos momentos, se encontraría junto al rey Leinad, hermano del fallecido rey Ibax. Antes de dejarle marchar, ella le había asegurado que él mismo era el primer pétalo marchito de la Rosa. ¿Quién miente? ¿Ottavia? O... ¿La Fuente de la Verdad? Boswell se sentía terriblemente confuso y asustado. Porque cada uno le había dado una versión diferente… Y se veía obligado a escoger una. Eso significaba que tenía que confiar en uno de ellos y, de hacerlo, sabía que volvería a perderse, justo en el momento en el que había comenzado a encontrar su propio camino.
Y en esa Torre fue donde comenzó todo… Ahí se reunieron las dos Bolas por primera vez en veinte mil años. La Bola de Cristal y la Bola Carmesí, que vosotros llamáis Negra. El Espacio y el Tiempo reunidos por vez primera desde que Baley, Solarin y sus aliados me las robaron, las separaron y las escondieron. ¡Me traicionaron! ¡Por que esas Bolas eran mías! ¡Ese poder ERA MIO!
Aunque si había algo alarmante, dentro del histerismo y la desmedida ambición psicópata en la voz de aquel individuo, era que había separado a Baley de Solarin. Los había identificado como dos personas diferentes. El líder y héroe de la Confederación Universal se había aliado con Óscar, quien todavía no sabía muy bien de qué bando estaba, para robar las Bolas de Cristal. Si lo que decía era cierto…Eso quería decir que la Bola de Cristal que portaba Ottavia tenía el don del Espacio y la Bola Negra que estaba en posesión de Walter… el Tiempo.
- ¡Oh, joder!
Jake se detuvo al escuchar la voz llena de ansiedad y asustada de su compañero. Al volverse se encontró con la mano derecha de su compañero cubriéndole la cara.
- ¿Estás bien? –Fue lo que atinó a preguntar, la segunda frase que dijo en todo este tiempo.
Boswell asintió nada convencido de que las piernas le fueran a resistir. Ahora sabía quién era ese tipo de Negro y por qué sabía tanto sobre ellos y la Senda.
¡Porque es Walter!
Apartó la mano de la cara, justo cuando su pie pisó el último escalón. Miró al frente y se arrepintió al instante. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que Walter había tenido razón. Todo había sido una pérdida de tiempo. Jake ya no era confiable. Jake estaba fuera de control. A Jake sólo le importaba una cosa y era ARyan. Lo tenía escrito en cada uno de los rincones de su rostro y su mirada. Jake ya había dejado de pertenecer a la Senda…
¿Cómo lo sé? No lo sé. Sólo sé que lo sé.
“El Matemático” se lamentó, más que nunca, de haber visto a Ottavia rendirse. Si hubiera venido… Si hubiera accedido a venir, los tres juntos, la historia hubiera sido completamente diferente. Jake había errado en sus conclusiones, él mismo se había equivocado y ella también. En realidad, necesitaban estar los tres, pero no para salvar a ARyan o a la Rosa. ¡Tenían que estar los tres para salvar a Jake! Se llevó la mano libre la cabeza, mareado. No soportaba esas palabras martilleándole la cabeza, la respuesta que le dio ante su pregunta de qué pensaba hacer:
Prepararme para perder la Guerra. Lamentarme por la estupidez de mis propios amigos, inundar mi corazón de pena y rabia, e intentar morir con dignidad, llegada la hora.
Escuchaba la voz de Ottavia clara y retumbante en su cabeza. Algo no le cuadraba. ¿Por qué tenía que poner a salvo a Levor y Vandal con tanta urgencia cuando éstos siempre han estado a nuestro lado en los asaltos a las Torres? ¿Por qué, de repente, decide dejarnos solos, a pesar de saber que alguien va a convertirse en el último pétalo caído? ¿Ha caído Ottavia? Ahora sí que podía verlo. No podía creer que ella hubiera caído de esa manera. ¿Rendirse y abandonar la Senda de Eld es una manera de “caer”? Encima ha tenido el descaro de decir que sentía lástima por nosotros, que intentamos hacer algo, ¡al menos! ¿Qué puedo hacer si hemos “caído” todos? ¿Qué haré si, por desgracia, que es lo que va a pasar, cae Jake, recuperamos la Rosa y me quedo solo? Porque, ya no me cabe duda alguna, de que el siguiente en caer, como siga así, va a ser Jake. ¿A quién puedo acudir? ¿A Levor? ¿A Muñoz?
- Creo que la puerta al nivel donde se encuentra ARyan es esa de ahí.
Jake le sacó de sus pensamientos, de nuevo. Le observó con cautela y detenimiento. Su pelo moreno estaba muy revuelto y enmarañado. Su rostro compungido y violento permanecía decidido a seguir hasta el final con la falsa esperanza (aunque no había entendido a Ottavia con la matización, ahora sí lo entendía) de que –recuperando a la Rosa- recuperaría a su amada ARyan.
No la amáis.
Sí, ahora lo recordaba. Jake había dicho exactamente esas palabras justo antes de casi ejecutar a sangre fría al pobre Vandal. ¿Por qué no me he dado cuenta antes?
Desde luego el amor es poderoso, extraño y complicado. El amor de verdad cuando se pierde a su otra mitad se convertía en desesperado, paranoico y terminaba en la más absoluta perdición. Boswell fue más consciente que nunca de que estaba asistiendo a la caída de Jake como persona y acompañándole (no se atrevía a imaginarse que, en realidad, le estaba guiando) en su camino hacia su propia perdición. La mirada oscura de Jake, brillante de ira, y rebosante de orgullo, se volvió para escuchar la respuesta de Boswell.
¿Por qué le he seguido? Se preguntó a si mismo, incrédulo. En realidad, Jake no era sino un extraño para él. ¿Por qué le he seguido, en lugar de quedarme con Ottavia y hacerla entrar en razón? Ahora empezaba a entender realmente lo que había intentado decirles una extenuada Ottavia en la prácticamente derruida Sala de Comunicaciones del Castillo Negro de Delain. Ahora entendía la diferencia entre la Rosa y ARyan y lo que ambas implicaban. Por lo que su inseguridad ante lo que estaban haciendo creció alarmantemente en su interior. Aunque dudó un poco, al final, decidió preguntárselo a su compañero. Tal vez aún había una oportunidad.
- ¿Estás seguro de lo que quieres hacer, Jake? Sé que te dije que contaras conmigo y lo mantengo, pero… ¿no deberíamos pensarlo un poco? A fin de cuentas, según tu teoría, deberíamos estar los tres, sino no funcionaría…
Jake mantuvo la mirada en el matemático, impasible, como si no hubiera escuchado nada.
- Sólo me queda la Rosa. Aún podemos hacer algo. Solo quedamos los dos para salvar lo poco que nos queda para mantenernos en pie. ¡Solucionaremos el estropicio solitos! –Gritó levantando el puño izquierdo al aire, para bajarlo de inmediato y quitarle el seguro a su revólver, dándole la espalda y posando la mano sobre la manilla de la puerta con decisión.
Boswell dudó un segundo. No estaba nada seguro de la última parte sentenciada por Jake, muy cínica por cierto.
Algo le decía que el destino de la Senda de Eld comenzaba a decidirse en este momento.
- ¡Jake!– Siguió llamándole.- ¿No lo sientes? Mierda…- Giró sobre sí, 360º, con cautela.- ¡Esto ya ha pasado antes! ¡Jake tenemos que salir de aquí! ¡Joder, Jake!
Lo podía sentir, moviéndose entre las penumbras. La cuestión era saber si les atacaría o no. Desenfundó sus puñales, por puro instinto. Echó vistazo rápido a Jake, de reojo, en los momentos instantáneos en que los rayos alumbraban el lugar. Lo que vio le cortó el aliento. Jake estaba pero no estaba. Eso quedaba claro porque su cuerpo estaba ahí, de pie, rígido y clavado en el suelo. Mas sus ojos… estaban totalmente en blanco.
- ¡¡Joder!! – Exclamó en un autentico arranque de furia.
Volvió a ponerse en posición de ataque, haciendo caso omiso a los truenos y a la virulencia del agua estrellándose contra los cristales, con todos sus sentidos en alerta.
- Me sorprendes… Me sorprendes.-Una voz masculina y cantarina, socarrona, se propagó por la estancia.- Esta vez no has caído del todo… ¿Por qué será?
El Matemático contuvo la respiración cuando el rayo lo iluminó, tras localizarlo por la voz. Sus manos se aferraron a las empuñaduras de sus puñales con gran violencia, por lo que, sus brazos empezaron a temblar, con los nudillos completamente blancos.
- ¿ARyan? –Balbuceó la estatua en la que se había convertido Jake. Boswell apretó la mandíbula.
No se atrevió a volverse a mirar. Esa voz tan insegura no podía ser la de su compañero, desde luego. No pensaba desviar la vista de ese “individuo” aunque lo encañonaran.
- Sí, por qué será… -Insistió, dubitativa, la gigante sombra sin rostro que se encontraba junto a la ventana. Al ver que Boswell no decía nada, señaló a Jake. –Pues tu “amigo” sí ha caído.
- ¿Estoy soñando? –Se volvió a escuchar a Jake hablando con alguien, a la nada.
Sí, Jake. ¡Estás soñando, idiota! Fue lo que realmente hubiera querido gritar, mientras lo despertaba a golpes, pero no podía. Ahora no. Jake tendría que sufrir lo que eso le diese la gana, hasta que encontrase una manera de salir de ahí.
- Vaya… Tampoco ha caído… ¡Qué sorpresa!
Boswell levantó una ceja, entre asombrado y confundido. ¿No ha caído bajo su influjo? ¿No es Él quién le estaba manipulando? Entonces…
- Oh, entiendo. –Dijo totalmente satisfecho.- Por eso Jake no lo sentía.
La figura en la penumbra se enfocó en él, aunque no pudiera verle el rostro. Sin embargo, sabía que debía de estar, al menos, perplejo ante su propia sonrisa.
- ¿Cómo dices, Portador de las Llaves? –Su voz siseó peligrosamente, amenazando una ira sin parangón, amenazando la explosión de la muerte.
- No sé quién eres. No suenas como Óscar. Tampoco como Solarin. Ni suenas como la Vieja de la Torre de Númenor. Me da igual. Pero, seas quien seas, eso ya no importa. No cometeré el mismo error dos veces. El poder de tus bolas no me interesa. Y, afortunadamente, a Jake tampoco. –Sonrió como pocas veces había hecho en los últimos tiempos. – Y… ¡me importa una mierda si lo entiendes o no!
- Pero, yo no sé donde está la Rosa. ¡Desapareció en cuanto tú desapareciste! –Chilló Jake, en un verdadero trueno de voz que nada tenía que envidiar a los del exterior.
Boswell contrajo la mandíbula por completo, mascullando una palabrota que no se materializó. ¡Ese idiota!
- Interesante… muy interesante.
El Matemático notó ese escalofriante tono de emoción y ansiedad ocultas en esas tres palabras moldeadas y casi saboreadas al ser pronunciadas.
- No caerá. No cederá. No te lo dirá. –Le aseguró Boswell, obstinado, aún con ambos puñales alzados y preparados para cortar lo que hiciera falta.
Las ráfagas continuas de rayos volvieron a iluminar a la figura oscura, oculta tras ese manto negro. Dio un par de pasos hacia atrás, por puro instinto, colocándose delante de la Bola que les había traído hasta ahí, en cuanto vio un brillo siniestro donde se suponía que estaba el rostro de eso.
- No lo entiendes, Portador de las Llaves… Lo que tú llamas esperanza, no existe. Todos habéis caído. Se acabó.
- ¿A qué te refieres? –Sin querer, Jake formuló la pregunta que deseaba hacer Boswell, pero no se atrevía.
A pesar de que no podía ver su rostro, sabía que esa figura le estaba sonriendo y, desde el fondo de su corazón, agradecía que estuviera oculta en la oscuridad. Por algún extraño motivo, presentía que, en el mismo momento en que viera su rostro, todo se iría a la mierda.
- La Torre Gris de Alderaan. Ahí comenzó todo. En el momento en que ¿Markus?, creo recordar que así se llamaba, y ella tocaron la Bola, ambos cayeron bajo mi influjo. En realidad, a ella la dejé “viva” porque, como habrás deducido, la necesito para mis intereses. Y en esa Torre fue donde comenzó todo… Ahí se reunieron las dos Bolas por primera vez en veinte mil años. La Bola de Cristal y la Bola Carmesí, que vosotros llamáis Negra. El Espacio y el Tiempo reunidos por vez primera desde que Baley, Solarin y sus aliados me las robaron, las separaron y las escondieron. ¡Me traicionaron! ¡Por que esas Bolas eran mías! ¡Ese poder ERA MIO!
Boswell volvió a retroceder un par de pasos más, hasta que su espalda chocó contra la Bola y su peana y detuvo su progresión. Si antes le habían temblado las manos y los puñales por la presión desmedida de fuerza, ahora lo hacían de puro terror. Ni siquiera consciente de que le estaban castañeando los dientes. Esa voz… ¡era totalmente inhumana!
- ¡MIO! Pero, la espera ha merecido la pena… -Su escalofriante risa inundó la estancia unos segundos antes de que volviera a proseguir.- No importa, soy inmortal, una o dos horas mortales no suponen mucha diferencia para mí. Y, mucho menos para los cinco caídos. Ahora si me disculpas… - La figura alzó la ¿mano? hacia Boswell, sin que éste pudiera hacer nada por evitarlo.
- ¡Ni lo sueñes, cabrón! –Jake salió de su trance disparando a discreción.
En ese mismo instante, para Boswell, el mundo se detuvo por completo.