La mañana tan gris y mustia le producía desazón. ARyan no estaba acostumbrada a palpar un ambiente tan tenso y deprimente a su alrededor. Las imágenes de la noche anterior aún la torturaban en su mente. La violencia de Boswell, la sorpresa de Levor y la resignación de Fitzty. Lo último que recordaba era a Fitzty en esta habitación, abrazándola mientras ella lloraba sin fin, sentada en el borde su cama, a su lado. No hubo palabras, ni tampoco un adiós o un buenas noches. Suponía que, por el agotamiento, debió de quedarse dormida en sus brazos y ella misma le acostó. Eso era algo que debía suponer porque Ada misma no tenía idea alguna. Le había dicho que ya la había encontrado acostada cuando llegó, casi a la llegada del alba.
Su cuerpo aún sufría temblores y la angustia tampoco se iba de su pecho. Permanecía asustada por el sueño que le había despertado de golpe y fríos sudores de auténtico pánico. Ahora no había nadie en su habitación, porque en cuanto sonó el “despertador” de Delain casi todos decidieron ir a desayunar. Como no tenía apetito, ni tampoco ganas, había preferido quedarse ahí, sola, esperando calmarse y auto convencerse de que todo había sido una pesadilla. Al menos Boswell había vuelto con ellos y parecía haber arreglado sus diferencias con Levor, por lo que podía haber visto desde su cama, cuando Ada se reunió con ellos en el pasillo. Vandal, en cuanto la vio con ese rostro blanquecino, insistió en quedarse con ella para cuidarla, pero Jake sugirió ir a buscar algo y traérselo en cuanto hubieran terminado. Sin embargo, no veía a Fitzty por ningún lado. Quería pensar que todo estaba en su sitio, que después de la tormenta le seguía la calma… mas… Un punzante dolor atravesó su pecho en un segundo y ARyan se llevó la mano al pecho, cerrando los ojos para concentrarse en él.
En cuanto empezó a disiparse, la imagen de aquella hermosa mujer cubrió toda su mente. ¿Realmente habría existido una mujer como ella? ¿Realmente todo su amor estaría concentrado en proteger la VIDA, como había visto en su sueño? Y lo último que había visto… ¿podría ser…?
Contuvo un jadeo de miedo y volvió a cerrar los ojos, temiendo que el dolor volviera a azotarla, pero eso no sucedió. Aún con la mano temblenqueante, se armó de valor y se dijo que debería comprobar que lo que había pasado y soñado era todo fruto de una pesadilla. Aun insegura, se puso de pie, ayudándose de ambas manos sobre la cama, y miró a su alrededor, buscando algo. Acababa de recordar que ya no estaba escondido en ese lugar, sino que, en la noche anterior, había decidido buscar otro escondite, aconsejada por Fitzty. Necesitaba comprobar que la Rosa seguía teniendo tres pétalos en pie. Lo necesitaba con la misma urgencia que algunos seres vivos necesitaban respirar. No quería ni imaginarse qué consecuencias tendría ver un tercer pétalo caído dentro de su carcasa de “cristal”. Porque eso supondría que alguien caería no sólo en ésta torre, sino que podría avecinarse algo realmente trágico en este planeta perdido en el tiempo, como ocurrió apenas tres semanas antes en el Universo Eta 2.
Aun con el miedo en el cuerpo y batallando consigo misma, ARyan se recogió su pelo dorado, para dejarlo caer desordenado sobre su espalda, girando sus talones descalzos hacia la única cama sin usar, que hasta hacía poco había pertenecido a Sammy. Ni se preocupó en saber si alguien la estaba observando o si la puerta de su habitación había sido cerrada en cuanto se hubieron ido. Lo único que quería saber era que sus miedos eran infundados. Así que, aprovechando el momento decidido que tenía, se acercó y cogió la almohada con sumo cuidado. Después deslizó un hilo y abrió uno de los lados, para meter su mano en ella. Un tacto casi redondeado la delató y ARyan tiró del mismo hasta que lo tuvo con la palma de la mano. Casi con ansiedad, sin escuchar los pasos que se le acercaban, alzó el objeto de cristal, poniéndolo enfrente de la ventana para poder contemplar a la Rosa en todo su esplendor.
Como si la magia aún existiera y la oscuridad fuera su hechicero, la poca luz de la estancia se enfocó en bañar a la en otra hora espléndida Rosa. Como si la Rosa estuviera en sintonía con su portadora, tembló, azotada por una ráfaga de viento invisible y… un triste pétalo, aún no del todo mustio, se desprendió y empezó a caer al suelo del recipiente, con desgana y a cámara lenta. A continuación se escuchó el sonido de algo rompiéndose en mil pedazos contra el suelo frío de la habitación. Ahí fue cuando ARyan se percató de que no estaba sola, mas no se molestó en comprobarlo, fascinada por completo con la ruta del pétalo caído.
- Dios mío…
La voz aterrada de Jake la hizo volver a la realidad de lo que estaba viendo. Estupefacta y ajena al desayuno desperdiciado por el suelo, vio el rictus de miedo puro que tenían los ojos oscuros de Jake y, aturdida, volvió a observar a la Rosa.
Y entonces comprendió lo que acababa de suceder.
La pesadilla era real.
Otro de sus compañeros iba a caer.
Pero la pregunta era…
¿Quien?
Thantalas se removía inquieto en su asiento. Daneel le observaba de reojo, no menos nervioso que su compañero. Tamborileaba con sus dedos sobre la mesa, en uno de los espacios libres de aquella cargada sala de la nave. Cables, pantallas, altavoces, luces, hologramas… tapaban las paredes y lo único “libre” que había era una mesa central con sillas desocupadas, que se utilizaban en las deliberaciones.
Al final, ambos suspiraron al mismo tiempo. Si hubieran estado de humor, ambos se hubieran reído a la vez, ante semejante sincronía de pensamientos. Sin embargo, no estaban para bromas. El silencio, salvo los dedos bailables de Daneel, volvió a inundar la estancia. La única pauta discordante entre la monotonía eran dos pantallas holográficas repitiendo imágenes bastante preocupantes a los dos vigilantes.
Thantalas se obligó a concentrase en la melodía tosca de su amigo. Sí, amigo. Después de todo este tiempo, trabajando codo con codo a tiempo completo, sin apenas ver al resto de la tripulación de la nave, se habían hecho amigos. Podría aventurar que se había convertido en su mejor amigo. Así se sentían menos solos y evitaban pensar en todos los conocidos que habían perdido semanas antes en el Universo Eta 2. Porque aunque para todos/as había transcurrido una eternidad desde aquella huida precipitada y de aquella última retransmisión que tanto afectó a Daneel, la del propio Lleonard Pler, sólo habían pasado apenas tres semanas desde aquello. Ni siquiera un mes.
No quería pensar en ello, porque sino su cabeza reproducía de inmediato las últimas retransmisiones de sus amigos del Sector Arda y las imágenes de sus naves estallando en llamas. Entonces, era cuando el corazón y el pecho morían un segundo y las lágrimas amenazaban con caer en cataratas a través de sus ojos. El que su mente se negara a reconocerlo, sus amigos estaban muertos. Sus verdaderos amigos… muertos. Muertos por un universo y unos ideales ajenos a ellos. Muertos a su propia voluntad. Como diría Rafae… ¡Muertos con un par de cojones! Y no iban a volver.
Desde que se había embarcado en esta locura (y aún no sabía muy bien cómo, aunque estando Adrana de por medio, lo entendía) el concepto de tiempo se había vuelto muy inestable y difuso. Un día podía ser eterno o no durar nada. Un día podía ser agónico o espléndido. Todo era muy, muy, relativo. Por un lado podía morirse de aburrimiento o matarse de estrés. Todo muy relativo, como la historia los seres vivos.
- Thantalas…
La voz calmada y grave de su compañero lo sacó de sus reflexiones. Inconscientemente, giró noventa grados para tenerle de frente, girando el asiento con el talón del pie.
- ¿Si?
Ambos hombres, chavales en realidad ante los ojos del resto de los mortales, cruzaron sus miradas y aguantaron la respiración ante la materialización de sus miedos.
- ¿Por qué…
- …ella?
Thantalas terminó la frase por él. Se llevó el índice y el pulgar a la nariz y se la rascón con aparente despreocupación, como pensándoselo mucho. Al final, acabó por alzar los hombros, como si eso fuera suficiente como respuesta. Daneel detuvo su melodía tosca con los dedos y contrajo la mandíbula. Su compañero le observó con interés, entendiendo el por qué de su frustración.
Daneel no soportaba ser mandado por otras personas que no fueran las ya estipuladas, como la General, Levor, o Muñoz, después de la traición del Jefe de Máquinas de Something: Óscar. Había desarrollado un alto grado nivel desconfianza con el resto de Something, salvo el propio Thantalas, claro estaba, que de no conocerle, él mismo hubiera recelado también de su propio amigo.
- Ella la escogió. –Acabó por contestar.
Daneel acababa de terminar de asentir para sí, cuando Sammy hizo acto de presencia en aquella estancia, entrando como un verdadero ciclón. Parecía muy alterada y enfadada.
Thantalas apenas tuvo tiempo de reconocer a la que fue su compañera en el Sector Arda. No recordaba haberla visto en esa situación y con esa expresión de pánico en su dulce rostro, ahora verdaderamente temible. No ayudaba nada que se hubiera puesto una coleta y el pelo evitara tapar su semblante.
- ¿Habéis avisado a Adrana?
Ambos hombres negaron, todavía nerviosos.
- ¿Dónde está? –Preguntó a voz de grito, sin poder evitarlo.
Daneel se quedó clavado en su sitio sin comprender a qué se refería. Thantalas lanzó un leve suspiro que sólo él mismo notó y, mirando de reojo a su amigo, alzó el índice y le indicó a su vieja compañera el holograma.
Los ojos negros de Sammy se movieron en la dirección indicada de forma automática, ignorando por completo a los dos hombres. Tenía cosas más importantes que preocuparse por el mutismo de las personas que, junto los de la Sala de máquinas, tenían el poder sobre Something.
Contempló con verdadero horror las imágenes del holograma, con la garganta seca y aprisionada, casi sin respirar. Apretó la mandíbula impidiendo que las palabras no bien sonadas salieran en tropel por su atorada garganta, presa de la furia. Cerró las manos en puños y su cuerpo entero se tensó.
- ¡Mierda! –Masculló sin poder evitarlo.
Cerró los ojos y se obligó a respirar, para serenarse. Cuando abrió los ojos de nuevo se dio cuenta de una cosa: o actuaba de inmediato o…
No lo quería ni imaginar.
- Me da igual cómo o donde… Pero quiero que contactéis con la General Limenis ahora mismo. ¡Ahora mismo!
La urgencia y determinación de sus palabras, sorprendió a Daneel y Thantalas. El primero abrió los ojos como platos y el segundo brincó en su asiento, sin poder evitarlo. Sin embargo, bastaron esas palabras para que ambos se pusieran en marcha de inmediato. El silencio desapareció en medio de pitidos, ruidos de arrastre de sillas, pasos y altavoces a pleno rendimiento.
- Y es muy importante que esta información no salga de esta sala. –Sentenció Sammy.
Y Daneel asintió por vez primera, convencido de que, por una vez, Fitzty había acertado en su elección.
El olor a ceniza y quemado inundaba el lugar. Chispas, llamaradas y un sofocante calor que podrían aterrar hasta el más valiente de los mortales.
Sonrió.
Pese al agónico calor, podría soportarlo con sus cuidadas y regias ropas. Para ella el calor no era un problema. Nunca lo había sido. Le encantaba la pasión, el calor de la emoción cuando estás a punto de conseguir la victoria. El que la paloma mensajera hubiera muerto calcinada, casi en el acto, tras servir de comida para sus “niños”, no le preocupaba. Ahora lo tenía todo dispuesto. Como le había prometido su “querido” Walter, todo estaba dispuesto.
Dispuesto para la victoria.
Dio media vuelta y vio a su pequeño ejército. Esbozó su irritante sonrisa, sin importarle si iban a morir o sobrevivir a su hazaña. No. Lo que le importaba es que hicieran su trabajo y ella pudiera alcanzar la Torre de la Rosa. No. Aún mejor. Que pudiera dominar, someter bajo su reinado todo un planeta.
Eso estaba mejor. Ciertamente, mucho mejor.
Si todo salía bien, en esa misma noche todo Hyperion estaría en la palma de su mano y gozaría de un poder que nunca una mujer hubiera podido tener en sus manos. Ensanchó aún más su sonrisa y entrecerró sus ojos vidriosos, llenos de placer.
- Mi reina…
Una irritante voz masculina interrumpió sus maravillosos pensamientos. Giró a su derecha con brusquedad e irritación mal contenida. Se contuvo en cuanto tuvo a su estatua marmórea andante. Todo su semblante cambió por completo, totalmente hipnotizada con la belleza y delicadeza de aquel hombre. ¿Cómo podía existir algo como él en este mundo? No se explicaba cómo no lo había visto antes.
Tampoco le importaba su poder, ni sus intenciones. Esperaba que en cuanto él la ayudase a conseguir sus propósitos, quedaría atado bajo sus cadenas.
Sí.
¿Quién no se resistiría a ser el rey, aunque fuera consorte, de un mundo tan próspero como Hyperion?
Nadie.
Nadie que no tuviera ambiciones tan poderosas como había visto en Walter. Lo dejaría todo en sus manos. Sí, él sabría cómo manejar la guerra civil que llegaría tras la noche. Le había prometido que no llegaría ni a producirse, porque tenía el plan más grandioso que nadie hubiera concebido en millones de años en Hyperion.
Alas.
Las alas ardientes de la Victoria…
Hubo un tiempo, mucho atrás, mucho antes de que los propios seres vivos recordaran de dónde venían, quienes eran, o por qué existían… Mucho antes de la aparición de Edad de los Universos… Mucho antes de que un grupo de elegidos por una Senda y un símbolo existieran para salvar a la VIDA del destino…
Cuando una reina prácticamente destronada, de un planeta olvidado y desaparecido de los mapas de la Confederación Universal, contemplaba una rosa aún mojada por el rocío de la mañana, oliéndola, contemplándola, mientras se acariciaba su abultado vientre, bajo sus ropas.
Esperanza.
Pasión.
Hermosura.
Tacto.
Olfato.
La última rosa viva de su planeta agonizaba ante sus ojos, advirtiéndola de un futuro oscuro, cruel y agónico, el mismo que le esperaba a su hijo… y a ella.
El Último de su estirpe. El Último nacido fruto del amor entre dos seres condenados a extinguirse ajenos al ciclo natural del mundo conocido. El Último ser vivo nacido del planeta original en el que nació la VIDA y que daría lugar a la Edad de los Universos.
Pero la última maravilla, casi extinta, del mundo que había conocido, no debería perecer. No. La Reina Gladia se encargaría personalmente de ello. Juró por ella misma y por el ser que traería a este mundo despiadado y cruel que tan frenéticamente había tratado de salvar, y no lo había logrado, que la VIDA perviviría. Perviviría a través de la Rosa.
La Última Rosa.
La Última Rosa viva de su universo. Una Rosa destinada a proteger, preservar y custodiar la VIDA con su propia vida.
Sí. La rosa se llenaría de su amor. Del amor que Gladia aún tenía por las cosas vivas e inertes que aún podía ver con sus propios ojos, aún con la muerte acechándola. El amor que sentía por el hijo que llevaba en sus entrañas. El amor salvaría la existencia. El amor por las cosas, por las personas, por los seres vivos o inertes que sus sentidos pudieran sentir, escuchar, oler o ver. Ella, a través de los tiempos, será su guardiana y protegería a través de ella lo que quedaba de su pasado. Protegería el origen, el presente y futuro. Y, a través de ella, protegería a su único hijo, aquel destinado a jugar, mover y cambiar el destino del futuro a su antojo hasta el final de los Tiempos. Porque su hijo y su familia no perdonarían la traición de su esposo.
Porque con el mismo amor que le regaló y le regalaron los seres queridos que conoció, iba a impedir que ÉL, lograse sus objetivos.
La muerte no iba a destruir el único milagro que había existido y que ni siquiera ella misma podía comprender muy bien.
Juró que su hijo existiría hasta el fin de los tiempos y que la Rosa existiría para que el amor triunfase sobre todas las cosas. Y juró que todos los custodios de la Rosa serían corazones puros y llenos de amor y sacrificio, capaces de morir por la Rosa. Capaces de morir por la VIDA.
Y millones de años después de aquella promesa, la Rosa aún permanecía en pie, con dos pétalos caídos en el suelo de su recipiente de cristal, bajo la cama de una mujer de igual belleza que, pese a que luchaba con igual frenetismo por salvar la vida de sus propios amigos, seguía marchitándose.
Y un tercer pétalo que se había mantenido vivo durante millones de años después de la creación de la Edad de los Universos…
Comenzó a marchitarse bajo la cama de la última custodia de la Última Rosa.
La vista de la azotea se le antojó fría y tenebrosa en aquella hora. Todo lo contrario de cómo se hallaba su corazón: presuroso y alterado. El viento gélido golpeó como si de un muro se tratase en su blanquecino rostro, enredó aún más su rizado cabello rubio y le obligó a cerrar sus ojos, si quería evitar llorar. Alzó sus ojos hacia el cielo oscuro y gris, cada vez más turbio y denso, como si presagiara el fin del mundo conocido.
Era más de temperaturas calurosas, así que decidió cerrar los botones de su camisa, ocultando su escudo pectoral dorado, y se bajó las mangas de la misma. Afortunadamente, sus pantalones vaqueros y sus botas impedían que el frío le calasen los huesos.
Cerró el portón que comunicaba las escaleras con la azotea y buscó lo que había ido a buscar con su mirada azul, a su alrededor. Avanzó hacia el muro-balconada y lo que vio, aparte de la preciosa vista del valle de Delain y los magníficos torreones negros del Castillo, al darse la vuelta, fue la majestuosa tortuosa pared de la Sierra en la que estaba enclavado la ciudad y el Castillo. Aquel extraño lugar, no podía evitarlo, le fascinaba.
Lanzó un suspiro y trató de arreglarse el pelo, desistiendo en el intento, debido a la intensa ventisca que había en ese sitio.
- Hola, "Profesor”.
La voz tranquila, amable y algo aguda de Adrana, le obligó a darse la vuelta. La encontró bastante cansada y ojerosa, pero con aparente serenidad y optimismo. Observó que, desde que habían llegado a Delain, había adoptado una especie de uniforme que, personalmente, no le gustaba nada. Demasiado negro, demasiado oscuro, para ella. Se percató que en su cadera aún permanecían sus dos pistolas plateadas y su espada láser. La recibió con una sonrisa, acercándose poco a poco, ya que ella se encontraba junto al murete que daba al Valle.
- ¿Cómo te encuentras?
La vio asentir y sonreír brevemente. En cierto modo, eso le tranquilizó, aunque hubiera preferido escuchar palabras en lugar de gestos.
- Siento el retraso. A Boswell se le “olvidó” comentarme que me esperabas antes del alba, algo completamente comprensible dado el estado en el que se encontraba. Además, ARyan se acordó después de desayunar de decirme que me esperabas aquí. Eso sin contar de que el camino hasta aquí, no es…
- Tranquilo, Levor. El tiempo no importa. A fin de cuentas, estás aquí.
El Profesor asintió, no muy convencido. La noche anterior no había sido muy agradable, para nadie. Por no decir, que la mañana, la llegada del alba tampoco había arreglado mucho las cosas. Ella siguió andando hasta el murete. Se sentó e invitó a su compañero a hacer lo mismo, con la mano. Levor no se lo pensó y, pese a que no le gustaba estar de espalda al abismo, se sentó a su derecha.
- Veo que ya lo has arreglado todo, dado que volvemos a tener libertad de movimientos.
Adrana volvió a asentir y el viento revolvió su corta melena oscura. Otra ráfaga de aire fuerte les azotó, pero Adrana no pareció sentir frío alguno en sus brazos descubiertos. Agachó un poco la cabeza, con la mirada fija al suelo. Levor comenzó a desesperarse, ante la parquedad de palabras de su amiga.
- Anoche yo… Siento muchísimo lo que sucedió. Yo sólo quería que nadie saliera escaldado. – Hubo un tenso silencio.- ¿Encontrasteis la casa de Tima?
Alzó su rostro agotado y su mirada parecía albergar vergüenza y curiosidad a partes iguales. Levor no pudo evitar levantar su mano izquierda y apoyarla sobre su cabeza, revolviéndole todavía más sus cabellos azabaches.
- La encontramos y ella fue muy amable, al dejarnos a solas. No te preocupes, lo que sucedió anoche, no lo tendré en cuenta a ninguno de los dos.-Esbozó una sincera y acogedora sonrisa que pareció calmar la ansiedad de su compañera.- Era una situación que tenía que estallar por algún lado. Hiciste lo correcto.
Hubo un nuevo asentimiento de cabeza y apartó de nuevo el rostro, mirando al suelo de nuevo. Levor bajó la mano y vio cómo ella juntaba sus manos, apoyando sus antebrazos en sus muslos.
- ¿Tú crees?
Su voz fue un susurro, apenas inaudible por el fuerte viento que azotaba el lugar. El Profesor la observó con tiento. ¿Esa voz dubitativa era la de Adrana?
- Lo creo firmemente. Aquí gozas de un poder, que nadie tiene. Además, de no haber llegado a tiempo, no hubiera resistido un embate más de esa persona a la que llamas amigo… Porque… ¿es tu amigo, verdad?
Se agachó un poco, intentando ver su rostro. Le dio tiempo a ver una expresión extraña formarse en él, lo que no supo identificar fue si eso era buena o mala señal.
- Es difícil volver al pasado.
Levor siguió observándola y se acercó un poco más, debido a que sus susurros apenas los escuchaba debido al maldito viento. Se preguntaba si lo había escogido a propósito para que no se enterase de nada.
- ¿Cómo dices? –Intentó animarla a proseguir, debido a que se calló de repente.
Adrana levantó la cabeza, con los ojos cerrados y la contempló aspirar el aire con ganas, sin variar su postura. Después, los abrió y se volvió despacio a él.
- Es la perdición.
Levor la miró sin ser capaz de decir una palabra más, con el corazón encogido. Iba a decir algo cuando ella le interrumpió.
- Me pregunto si cuando volvamos a Sors, en algún momento… si es que volvemos… nos sentiremos tan perdidos, como lo estamos aquí. Si seremos incapaces de reconocer un mundo donde fuimos felices, donde las personas que conocíamos eran ellas mismas y donde seguían vivas. Ese mundo alegre y sincero, donde la lealtad y el compañerismo se daban de la mano. El mundo del pasado que dejamos atrás…
A parte de la aparente incoherencia, dudas y angustia presentes en las palabras de Adrana, Levor empezó a entender realmente qué quería decirle. Tragó saliva y se animó a mirar a atrás. Apoyó su mano izquierda en el extremo del muro y giró parte de su cuerpo para contemplar el paisaje. Ella le observó en silencio.
- El pasado, pasado está. Nadie debería juzgar los errores del pasado de cada uno y lo que hiciera o con quién estuviera en ese pasado, antes de conocernos todos… De conocernos los unos a los otros.- Dijo Levor con calma, sin dejar de mirar al horizonte.- Este valle sigue adelante, pese a que el pasado los Hombres le invadieron y alteraron su paisaje. Es una cuestión de mera adaptación. Y a este valle, no le importará el destino de los mismos en el Futuro, porque todo es un círculo y acaba por cerrarse siempre.
Sus ojos azules, se encontraron con los oscuros de Adrana.
- Este círculo es solo tuyo. Como yo también tengo mis círculos que ni siquiera tú misma conoces, ni tampoco puedes cerrarlos por mí. Es tu pasado y tú, solamente tú, debes de enfrentarte a él.
Adrana abrió sus ojos, sorprendida. Levor perfiló una sonrisa de complicidad.
- Pero estoy contigo aquí, ahora y en el futuro. Si me dejas, seguiremos avanzando… juntos. – Enfatizó en la última palabra.
- Gracias.- Susurró, alargando una agradecida sonrisa.
- Y no te preocupes por Boswell… Creo que ahora ha empezado a tomar el camino correcto. Yo me encargaré personalmente de él, hasta que asaltemos la Torre de la Rosa.
Pudo ver cómo el cuerpo de su amiga se relajaba considerablemente, así como sus contenidas facciones. Siempre le sorprendía cómo unas pocas palabras eran capaces de cambiarle radicalmente su actitud.
- No sé cómo agradecértelo, Levor. Yo…
Dejó la frase sin terminar, al ver la expresión pensativa de su amigo. Era un semblante bastante divertido de ver, dada la postura que había escogido.
- Hay una manera…
- ¿De qué?
- De agradecérmelo. –Enseñó sus dientes blancos, ensanchando sus labios, muy divertido.
- ¿Cómo? –Su gesto interrogativo lo decía todo.
Y Levor rió.