- Es precioso...
ARyan acariciaba el hocico de un imponente ejemplar equino de color chocolate. Sus cabellos rubios parecían blancos bajo la luz de la Luna Llena. Su suelto pelo sedoso y ondulado se movía caprichoso, gracias al viento templado del “sur”. Llevaba un fino y elegante vestido blanco, con un cinturón plateado marcándole la cintura. A su lado se encontraba Vandal, bastante recuperado. Se encontraba sentado, de piernas cruzadas, en el suelo empedrado del patio de armas del Castillo de Delain, frente a la puerta de la Muralla del Cuerno. Aún se encontraba débil, pero le convenía tomar aire fresco. Por eso ARyan y él estaban ahí. Estaba bien abrigado y aún estaba algo pálido. Al menos, como les aseguró Ada tras regresar del examen médico de Something, su fiebre ya había remitido. Iruina aún no había sido capaz de adivinar qué era lo que le había afectado tanto, mas la fortaleza de Vandal había sido capaz de contrarrestarla por sí mismo. Eso les había tranquilizado, aunque se sentía algo triste porque Ada, en palabras de Vandal, había preferido quedarse en Something coordinando con Sammy. Fitzty había estado de acuerdo, para su sorpresa, y mucho menos puso objeción alguna a que Vandal regresase, hacía seis horas, pese a la posibilidad de recaída de su enfermedad, fuese la que fuese. Según ella, hubiera sido un problema tener a una persona insistente en una nave llena de personas con demasiadas ganas de bajar también. La cuestión es que, cualquiera que fuese la razón por la que Fitzty admitió a Vandal de nuevo en Delain, fue bajo la condición de que ARyan le tomase bajo su protección.
Un rubor de vergüenza le inundó la cara, al recordar el susto que se pegó Fitzty cuando entró en la habitación y les encontró abrazados en la cama. Su reacción fue cerrar la puerta de nuevo, sin mediar palabra. No pudo evitar levantarse de repente, asustando a Jake, que el pobre estaba adormilado, y salir atropelladamente al pasillo, en busca de Fitzty. Le sorprendió que sólo sonriese y diese la media vuelta, con gesto divertido, hacia la habitación de los chicos. Después de tan bochornoso incidente, no había vuelto a hablar con Fitzty y tampoco se atrevió a hablar con tranquilidad con Jake. ¡Cómo encararle después de todo lo que había hecho! ¡Qué vergüenza! ¡En qué estaba pensando! Agitó la cabeza con vehemencia, provocando un relinche del caballo. Aparte de eso, había sido un día tranquilo y sin sobresaltos, casi de descanso, salvo por las novedades de Vandal, de las que los cinco habían estado muy pendientes.
ARyan levantó el rostro al cielo, contemplando la joven noche. Ninguno de los dos compañeros tenía sueño. La espera se iba tornar larga si ambos querían esperar a conocer lo que les habían dicho los dos sabios a sus tres compañeros, ya que éstos habían partido en dirección a la Asamblea de Danu hacía una hora, escoltados de varios soldados, como prometió el rey. El joven miembro del grupo de los “nuevos”, al ver a ARyan, también quiso saber qué era lo contemplaba con tanto interés, quedando ensimismado con el cielo estrellado del reino dorado de Hyperion.
- ¿Por qué no me habrán dejado ir? Si va Levor... –Protestó débilmente, en una queja lastimera.
ARyan siguió acariciando al caballo, que relinchó y la golpeó suavemente con el hocico, agradecido por las caricias. ARyan se rió por lo bajo ante la reacción del caballo.
- El consejo lo ha convocado el Rey Leinad. Por tanto, sólo los que él autorice puede ir a visitar a esos ancianos visionarios. Además, tú no estás totalmente recuperado y el camino es demasiado fatigoso. –Le respondió ARyan, con la esperanza de aplacar el caluroso corazón del más joven del grupo de los “Nuevos”.
- ¿Por qué no has ido ARyan? Tenías autorización... ¿No sientes curiosidad?
Vandal abandonó el cielo para ver, desde el suelo la figura alta y desproporcionada de ARyan. La encontró hermosa y comprendió por qué Jake había perdido la cabeza por ella. Pudiera ser que Jake no hubiera dicho ni una sola palabra de sus sentimientos, pero todos, menos ese par, se había dado cuenta de lo que pasaba entre ellos. ARyan mostró su dulce sonrisa y sus mejillas siempre sonrosadas, amable y sin perder la paciencia.
- Porque hay dos personas que me necesitan. – ARyan le señaló primero y después levantó la cabeza al Castillo.
Vandal no comprendió, hasta que se giró a su izquierda y miró lo que su compañera estaba indicando. Desde la lejanía veía el gigantesco balcón del Rey Leinad y distinguió la figura negra e inmóvil de una persona.
- ¿Esa es Fitzty? –Preguntó Vandal, sorprendido y aturdido.
- Así es, Vandal.
Vandal mantuvo la vista fija en el balcón unos segundos más. ¿Era la Luna o ella iba vestida de negro? ¿Qué hacía en el balcón? ¿Por qué no estaba con ellos? La verdad es que Vandal apenas alcanzaba a entender qué estaba pasando. Ahora comprendía mejor a Levor y al desaparecido Lleonard Pler; uno de los grandes amigos que se habían sacrificado en la búsqueda de Terra A y por el sueño de Fitzty. Le echaba tanto de menos... Al menos, la presencia de Levor, aliviaba su dolor. A veces se preguntaba, si todo esto que estaban haciendo merecía la pena. Si merecía la pena morir y sufrir por algo que ni siquiera estaban seguros de que existiera. Bajó sus ojos oscuros a los grises de ARyan. Ésta parecía mostrarse comprensiva.
- Dime, ARyan, tú que tienes el privilegio de asaltar el interior de las Torres de Eld... ¿Crees que esto nos llevará a algún sitio? ¿Crees que podemos albergar esperanza?
La única mujer, junto a Fitzty, del Ka-Tet de la Moira, acercó su rostro sonrosado a la áspera y sudorosa piel del corcel. Se sentía libre abrazando a aquel majestuoso animal. Esa era la razón por la que había aceptado, tras la cena, la invitación del rey de pasear con los caballos en el Patio de Armas al anochecer; aparte de pensar que un poco de aire fresco le vendría bien a su compañero. Según el rey, era a esa hora cuando más se unía la naturaleza con el corazón de los hombres, haciéndoles más libres… y razón no le faltaba. Cerró sus ojos azules, mientras respondía:
- No tengas prisa en conocer la verdad, Vandal. Escucha, observa y aprende. Escucha a tu corazón, observa el mundo que te rodea y aprende a solucionar los obstáculos.
Abrió los ojos y, en ese momento, se escuchó un alarido, un sonido estridente y sobrecogedor que zumbaba sobre sus cabezas.
- ¡Dios MIO! – Vandal se levantó de un solo salto del susto al ver lo que tenían sobre sus cabezas.
ARyan alzó su rostro, desconcertada. Un fogonazo de luz roja y amarilla iluminó el cielo sobre su cabeza. En su iris, la luz rebotó y ella separó los labios, asustada. Una llamarada de fuego inundaba el Balcón del Rey.
- ¡Fitzty! –Ahogó en un chirriante grito, sin poder reaccionar.
- ¡DRAGONES! –Chilló Vandal, casi paralizado, con el rostro desencajado.
El corazón de ARyan se detuvo un segundo agónico, sin impedir que las lágrimas de conmoción se apoderasen de sus ojos. Esa masa gigantesca de carne amarronada, esa serpiente alargada con alas sin plumas, llena de “babas” colgantes rojas... eso era... ¡Era enorme!
- ¡ARYAN!
No escuchó el chillido de terror lanzado por Vandal. No podía creer que esa cosa con cuatro patas, esa impresionante especie animal, gigantesca, similar a una serpiente, pudiera volar. No...
- ¡NOO!
Un silbido espectacular sobrevoló su cabeza. De repente, la vista del balcón desapareció y una masa móvil, oscura, tapó la dantesca visión. ARyan no tuvo tiempo de reaccionar. El caballo que acababa de acariciar salió volando, siendo partido en dos, y Vandal se cayó de rodillas. Su rostro era el vivo retrato del terror. Seguía gritando ¡No!, como si alguien le hubiera puesto el play permanente y no quedase nadie para detenerlo.
Antes de poder, siquiera, moverse para acudir en ayuda de su compañero, algo la agarró por la cintura, con extrema delicadeza, y comenzó a elevarla vertiginosamente del suelo. Miró su cintura y se encontró con tres dedos, más grandes que su propio cuerpo, sujetándola. Empezó a escuchar disparos y gritos procedentes de lo alto del Castillo. Levantó sus ojos y lo vio: el Castillo Negro alejándose cada vez más y haciéndose más pequeño, mientras el ilimitado cielo se acercaba más a ella. Y también cómo el Castillo Negro de Delain sucumbía a las llamas de aquellos seres, matando a inocentes.
¿Qué podía hacer ella?
¿Por qué ella?
Y un hormigueo extraño, unido a un zumbido similar a un susurro encantador, invadió su cuerpo y su mente.
Y ARyan perdió el sentido del tiempo y el espacio.
La hermosa y redonda Luna Llena de Delain se ocultaba tras las oscuras nubes, en ese preciso instante, dejando a aquella parte de Hyperion sin luz, sin guía. El cielo plomizo que había dominado el cielo durante el día y la anterior noche, se había ido disipando, poco a poco en las últimas horas, como si hubiera sido un mal recuerdo. A ojos de Jake, la Luna sin nombre (o tal vez con demasiados nombres, eso ya no lo sabía), parecía sentirse como él. Debatiéndose entre si seguir hacia delante a cualquier precio o huir, ocultándose como un cobarde, fuese una opción viable. Negó para sí, en silencio, revolviendo aún más sus desorganizados cabellos negros, en la súbita opacidad nocturna, y, sin deshacer su cruce de brazos, sus ojos buscaron el bulto acostado debajo de las mantas que tenía a su derecha. Podía ver sus sueños intranquilos y cómo sus finos labios se fruncían en medio de su pesadilla. ¿Qué podía hacer él? Podría acercarse y rescatar a ARyan de aquel lugar donde estaba sufriendo tanto. Sin embargo, sabía que eso no cambiaría nada. Una parte de él, sabía que ARyan ya no podría descansar sin preocupaciones en el resto de su vida. De esta VIDA. No después de lo que había pasado en las últimas horas, donde había presenciado cómo su alma se partía en dos. Al menos, ella había conseguido hundirse en el mundo de la inconsciencia, no como él. Si despertaba ya estaría él para tranquilizarla. Eso le consoló. Jake lanzó un suspiro y deshizo su cruce de brazos para apoyarse en la cornisa de la ventana, con mayor comodidad. No tenía intención alguna de mirar a ninguna parte, sino disfrutar (si es que eso era posible) del silencio y descansar, aunque su sueño no estuviera dispuesto a hacer acto de presencia esa noche. Se sentía profundamente anciano y cansado. Como si, de golpe, su cuerpo hubiera avanzado en el tiempo, aceleradamente, y hubiera tomado conciencia de que se había detenido demasiado tiempo en el tiempo (valga la redundancia) y hubiera tomado la decisión de ajustarse a su edad real, sin pedirle permiso. Él sabía que eso era ridículo mas era así como se sentía. En otra ocasión se hubiera sentido totalmente turbado por tener que estar toda una noche compartiendo habitación solo con ARyan, asediado por las dudas y luchando contra su propio autocontrol. Sin embargo, esa misma noche todo había cambiado. Algo había cambiado en él y, él lo sabía, también en ella. No era capaz de discernir en qué momento y cuando ocurrió… Pero había ocurrido. Tampoco sabía si tenía que alegrarse o entristecerse. De lo único que estaba absolutamente seguro era que toda la situación le superaba por completo.
A Adri no la había vuelto a ver desde que desapareció del Salón del Trono, llevándose al herido Capitán con otros soldados. Tampoco era importante que les hubiera “abandonado”, ni que se hubiera mostrado tan desconocida ante ellos y no era algo que le preocupase. Lo había aceptado. Cuando tomó conciencia de este hecho, se sorprendió a sí mismo. A fin de cuentas… ¿Cuántos sabían de su propio pasado? Nadie, ni siquiera Levor, quién podía presumir de ser quién mejor le conocía. No obstante, se había dado cuenta que conocer una persona no implica conocer su pasado. Es más, se podía conocer perfectamente a una persona sin saber ningún dato de su pasado. Esta tonta reflexión le había dado que pensar y, como un eureka del pasado, había llegado a su mente, de repente, iluminándole por completo. ¿Acaso conocía el pasado completo de ARyan? No. ¿Eso era un impedimento para conocer, respetar e, incluso, amar a una persona en el presente? No. Era algo tan simple y revelador al mismo tiempo…
Bajó su barbilla sin afeitar y la apoyó en sus brazos. Flexionó una rodilla contra la pared para permanecer más cómodo. Escuchó a ARyan murmurar algo indescifrable y darse la vuelta. Se permitió el lujo de esbozar una sonrisa que nadie iba a ver. Parecía que su pesadilla le había dado tregua, al fin, al mismo tiempo que la luz lunar, en su particular batalla con la noche, dejaba mostrar unos rayos de luz.
- Pronto las tinieblas dominarán el mundo… ¿verdad?
Sus palabras, apenas susurros, se perdieron en el aire. Cerró los ojos, derrotado. Sin embargo, su mente decidió analizar los sucesos vividos en las últimas cinco horas: desde el momento en que encontró el documento y encontró la razón de ser de la Senda de Eld… hasta ese momento de desazón que vivía en aquella habitación de un mundo perdido en la memoria de la Confederación Universal.
¿Cómo hay sentirse tras haber matado, por vez primera? Enemigos o no, he matado. Me he convertido en un asesino… ¿Por qué me siento tan indiferente? ¿Por qué mi mente racional no me critica por haber matado, aún en defensa propia? ¿Por qué mi corazón parece estar tan exultante, como si hubiera encontrado su razón verdadera de existir?
Tantos sentimientos encontrados y contradictorios luchando entre lo que pedía la razón y lo que argumentaba su corazón. Se sentía reconfortado por ser el único, junto a Levor, que por fin había entendido qué se esperaba de ellos y qué era exactamente lo que tenían que hacer en esa torre. Había entendido la leyenda y había comprendido que el miedo que había sentido en su vida no era comparado con el que pudo sentir en el momento en que terminó de leer el puñetero documento. Admiraba y odiaba la Rosa a partes iguales. Porque ella era su corazón y, al mismo tiempo, su razón de ser. Porque, al mismo tiempo que impedía que murieran del todo, permitía que sufrieran una agonía insuperable en el espacio/tiempo por la VIDA. Y, por alguna razón, que aún no entendía del todo, sus compañeros y él mismo estaban obligados, atados literalmente, a la Rosa de por vida. Al menos Vandal, Levor y Ada no lo estaban. ¿Se encontraría mejor Vandal? ¿Habría llegado ya a Something? Desde aquella ventana no les había visto partir… Cuando llegaron a las habitaciones, aún asustados y aturdidos tras asistir a aquella batalla campal que les había tocado vivir (y preguntándonos, en nuestros corazones cómo habíamos conseguido sobrevivir), se encontraron con el rostro desencajado de Ada. Por lo visto, mientras ellos se habían jugado la vida en aquel perdido Salón del Trono, Vandal había ido perdiendo la razón y su cuerpo había entrado en una fase de calentamiento progresivo que hacía presagiar que, el simple enfriamiento de la mañana, se había convertido, como por arte de magia, en algo muy serio. Aunque no presenció la deliberación, porque temió dejar sola a ARyan en la habitación de las chicas en el estado de desconcierto en el que se encontraba en aquel momento, Levor le comunicó que, tanto Ada, Boswell y él mismo, habían decidido trasladar a Vandal a la nave. Esto era algo que Iruina, jefa de la Sala de Curas de Something, debía estudiar antes de que se agravase aún más. Como Levor le comunicó, no es que no confiaran en Hyperion, pero estaba claro que este mundo aún estaba atrasado y era mejor trasladarlo a la nave. A pesar de las extremas medidas de seguridad implantadas en el Castillo tras el Golpe de Estado, el mismo rey Leinad había emitido un comunicado real específico de protección y escolta por todo Hyperion a Vandal y Ada. El propio Levor había bajado, a toda prisa, hasta la Sala de Comunicaciones del Castillo Negro y se había puesto en contacto con Something. Así que éstos ya habían preparado una mininave equipada para buscar a Vandal. Hacía una hora y media que, tanto Vandal como Ada, escoltados por seis caballeros del Ejército Real, habían abandonado Delain, rumbo a Something. En el fondo, Jake le agradecía a su Caprone que hubiera tomado el mando de la situación con tanta entereza y determinación. A la media hora de marcharse sus compañeros, para sorpresa de los cuatro que quedaban, el mismo rey se personó en las estancias. Le recordaba con gesto grave y serio, como si el niño hubiera crecido diez años de golpe y se hubiera convertido en un adulto hecho y derecho. Lo primero que hizo fue disculparse personalmente por haberles involucrado en un suceso local que, en el fondo, no les concernía. Dio personalmente las gracias a cada uno por haber puesto sus vidas en peligro innecesariamente por su persona. Levor, tan oportuno y diplomático como siempre, dijo que no había sido nada. Boswell no añadió más, como si ninguno estuviese ahí, perdido en sus pensamientos. ARyan no pudo evitar seguir llorando, con los nervios aún destrozados, como si realmente se culpara por todo lo sucedido, aunque, Jake sabía por qué sufría tanto. En el fondo, ARyan se sentía débil e impotente porque quería salvar los pétalos y no había podido hacer nada por sí misma. Pero… ¿Qué podría haber hecho, sin armas con las combatir? Absolutamente nada, eso lo sabía muy bien Jake. La cuestión es que, como agradecimiento, el Rey Leinad les había propuesto una asamblea exclusiva para ellos con los dos grandes Sabios de Delain. Podrían preguntar lo que quisieran sobre la Torre de la Rosa, Hyperion u cualquier otra cosa, sobre la cual los sabios tuvieran conocimiento, sin restricción alguna. Fue el único momento en que Levor y Boswell parecieron ponerse de acuerdo y aceptaron, casi a la vez. Así que acordaron que al día siguiente, hacia esta misma hora, partirían, escoltados por su propia seguridad, hacia el Consejo de Danu. Después de ello, decidieron que tenían que descansar. Levor, preocupado por ARyan, le pidió personalmente que la cuidase y compartiese con ella la habitación (originalmente destinada a las chicas), porque estaba bastante seguro que Adri no volvería tampoco esa noche. Y así fue cómo había acabado aquel desquiciado día… Volvió a suspirar, rendido. ¿Qué era ese Consejo y quienes eran esos dos Sabios? Jake creía tener una cierta idea de ello. A fin de cuentas, y gracias al documento de la Biblioteca real había entendido que Las Torres eran Walter, la Senda de Eld, las Bolas de Cristal y la Bola Negra, eran Baley, eran la Rosa, la VIDA, la Confederación Universal y la Edad de los Universos y, también, Las Torres eran ellos. Tenía tantas preguntas para encajar las piezas que se ensamblaban en su mente… Necesitaba tantas respuesta para que todo saliera bien…
- Jake…
Dio un ligero respingo, abriendo los ojos de golpe y se incorporó. Se volvió despacio, intentando acostumbrarse a la oscuridad de la habitación. Pudo distinguir una pálida mano, alzándose hacia él.
- ¿ARyan?
Su cuerpo se movió hacia delante, atendiendo la llamada muda de la chica y se agachó hasta colocarse a su altura. Sintió la tibia mano de ARyan, apoyarse en su mejilla derecha. No pudo evitar asustarse un poco ante la expresión perdida de la chica.
- Abrázame y no me sueltes, por favor.
Jake actuó por instinto. Abrió sus brazos y acogió en su pecho el cuerpo frío y sudado entre sus fuertes brazos. Se sentó en el borde de la cama y posó sus labios en la frente brillante de ARyan, dándole un beso. Su débil cuerpo se estremeció bajo sus brazos. Luego se relajó y pareció caer presa de un sueño súbito, y el silencio volvió. Jake no la soltó, mientras se acomodaba contra la pared, y su corazón se acompasó con el de su compañera.
Entre tanto, la Luna Llena de Delain ganó la batalla contra la oscuridad y siguió brillando en medio de la noche.
Asentí a Merlín. La figura alta, anciana y paciente, había sido capaz de sugerirme lo que realmente había pasado y pasaría a Parn, con su propio silencio. En ese instante, comprendí que el silencio, a veces, era más valioso que todas las palabras de compasión pronunciadas al vacío. Le observé e intenté asimilar lo que acababa de decirme. Y, pese a que la razón me encomendó a abandonar, finalmente ganó los impulsos de mi corazón. Le di las gracias, dándole la mano y abandoné la estancia donde Merlín había curado la herida al Capitán y salí en busca de mi compañero. Al cerrar la puerta detrás de mí, chirriando, me encontré en medio de la oscuridad de aquel sombrío y gélido pasillo, en la parte superior del Castillo Negro. La luz parecía rehuir, con miedo, después de lo que había sucedido horas atrás, y apenas se distinguían los límites de aquel lugar. Pensé en mirar la hora aunque pronto me di cuenta que no se correspondía con la hora hyperioniana. Estaba programado para seguir la hora de Sors, así que no me servía. Mis ojos giraron buscando un ventanal. Finalmente, lo encontré, a mi derecha, con sus vidrieras amarillas oscurecidas. Oscuridad. Estaba claro que la noche estaba llegando ya, a través de Delain del Este.
Introduje mis manos en los bolsillos de mi pantalón vaquero de color negro, en un gesto de resignación y curiosidad. La piel de mis brazos desnudos se encogió, ante el frío. Aunque ya no sentía frío en mis pies, dado que Merlín, muy amablemente, me había prestado unos mocasines. Torcí mi cuello a la izquierda y, a lo lejos, divisé una figura sentada en la escalera que descendía hacia el piso del Salón del Trono. Pensé en lo que debía de hacer y en cómo hacerlo. A fin de cuentas, quien había estado a punto de perderlo todo, había sido él y no yo. Suspiré con fuerza y me encaminé despacio y con calma hacia la figura negra y encorvada, de espalda, que estaba sentada y apoyada en la pared. La medicina le habría empezado a hacer efecto y ya no sentiría tanto dolor en los puntos de su abdomen. Al final, la herida había resultado ser más aparatosa de lo debido, que otra cosa. Por suerte, claro. Sin embargo, lo que había hecho empeorar el cuadro, había sido otro mal ajeno a la herida provocada por Nairda. De hecho, había sido “eso” lo que había precipitado su propia caída. Según avanzaba, podía escuchar el eco de mis propios pasos expandirse en medio de la negrura siniestra de las paredes desnudas y extremadamente calladas de aquella planta. Ni un adorno, salvo el de las vidrieras sucias y descuidadas y nadie, salvo Merlín en su habitación de curas, había en aquel lugar.
Cuando alcancé a Parn, encogido, con los codos apoyados en las rodillas, tenía las manos cubriendo su rostro. Seguí con las manos en mis bolsillos, como medida de seguridad. Cuando el último sonido de mis pisadas dejó de rebotar en las paredes, tronó la voz de mi compañero.
- ¿Ya os habéis quedado satisfecha? –Saltó, de pronto, apartando las manos y dejando al descubierto su rostro desencajado. Miraba al frente, al fondo de la escalera donde se encontraba sentado. Siempre me sorprendían sus ataques de cólera repentinos, era algo que no podía evitar, pese a saber que él era así.
- ¿No vais a decir nada? –Insistió con rabia, sin mirarme y mostrándose nervioso, al jugar con sus dedos en su barbilla.
Me alcé de hombros, aún sabiendo que no estaba pendiente y avancé un poco más, bajando dos peldaños de la escalera y colocándome frente a mi compañero, con un pie apoyado en el peldaño superior.
- ¿Por qué estás tan enfadado contigo mismo?
Otreb, por vez primera, abrió tremendamente los ojos y sus labios contornearon asombro. Le apareció una ligero rubor en sus mejillas y, sin embargo, siguió manteniendo la vista en el infinito. Su mano izquierda abandonó la barbilla para apretar la derecha, sobre sus piernas y encerrar ambas manos en un explosivo puño. Le observé con curiosidad. Siempre me llamaba la atención, cómo reaccionaban las personas ante los sucesos dramáticos y no siempre el resultado es la reacción que te esperas. Parn gesticuló algo con sus labios abiertos, mas no se deslizó palabra alguna. El Capitán apretó sus manos entrelazadas, inconscientemente, con más fuerza. Mi colmillo izquierdo superior se clavó en mi labio. Después, solté el labio de golpe.
- ¿Cuántas personas lo saben?
Tras un largo silencio, donde creí que las manos del Capitán iban a fundirse definitivamente, pude escuchar su voz contenida y grave.
- Ahora mismo, junto con Merlín, sois la única que lo sabéis.
Moví despacio la cabeza, en sentido afirmativo. Desde luego...
- En realidad, somos tres los que lo sabemos ¿verdad? Porque el Viejo Rey Ibax lo sabía. –Lo dije más como algo seguro que como una pregunta.
Parn se dignó a mover su vista y la clavó en donde se suponía que estaban mis ojos. Me di cuenta que no veía realmente porque buscaba mi cara con expresión vacía. Así que me agaché, clavé mis rodillas en dura y gélida piedra negra de la escalera y me coloqué de frente. El Capitán frunció levemente las cejas hasta que finalmente se detuvo en mi cara, aunque supe que realmente no me veía con claridad.
- ¿Por qué no os marcháis? Vuestros compañeros os deben de estar esperando y, tras lo sucedido, necesitarán una explicación. Todo lo que podíais hacer por mí, ya lo habéis hecho. Os lo agradezco profundamente, pero a partir de aquí, cada uno ha de tomar su propio camino.
Mi rodilla izquierda, clavada en el borde de uno de los peldaños, comenzó a protestar.
- ¿Abandonarte ahora? No me tomes por imbécil. –Susurré. – Sé que no soy Ibax, pero puedo ayudarte.
Parn no añadió nada por unos instantes, se limitó a bajar la vista al suelo, pensativo.
- ¿De qué modo? –Parecía dudar.
Sonreí. A fin de cuentas, las personas solitarias necesitan que se lo repitan, para asegurarse de que lo que sucede es verdad.
- Puedo ser tus ojos cuando no veas. También tu bastón, si necesitas que te guíen. Puedo esperar a que recuperes el aliento en todas las ocasiones que lo requieran, antes de proseguir el camino. No tengo prisa alguna en ir a ninguna parte.
Tras el instante de estupefacción, surgió la sorpresa y después noté como sus ojos se enrojecían. Apartó la vista, con vergüenza.
- Y... ¿vuestros amigos? –Su voz empezaba a entrecortarse.
- Pueden esperar.- Respondí serena y contundente.
- ¿Ya habéis tomado la decisión, cierto? –Levantó sus ojos nublados, mirando a su alrededor.
- Sí.
- ¿No hay modo de haceros cambiar de opinión? –Repitió la interrogación.
- No.
Un nuevo silencio se acomodó entre nosotros y aquel sitio. El Capitán se llevó la mano al pecho y frotó despacio, apareciendo un pequeño gesto de dolor en su rostro desencajado. Las heridas, cuando uno estaba tan inestable emocionalmente, dolían más de la cuenta. Era como si te dieran ataques de gota, sólo que en el mismo corazón. Sé que la comparación se antoja ordinaria, aunque esa es la triste realidad. En ese instante, se escucharon pisadas contundentes, ascendiendo las escaleras. El Capitán siguió con la vista, el origen de las pisadas, cada vez más cercanas, y yo me levanté, metiendo las manos de nuevo en los bolsillos de mi pantalón, a la espera. Mi rodilla izquierda protestó severamente. Demasiado tiempo en esa posición, siempre me mataba el dolorcillo y la posterior parálisis que le seguía.
Al poco surgió la figura de Susje, con su pesada armadura de metal y con la mano derecha oculta tras un guante y apoyada en la empuñadura de su espada. Cuando llegó al nivel intermedio entre el piso inferior y el que nos encontrábamos, se detuvo. Entreví su sorpresa, pese a que no supe si fue por ver a Parn en aquellas condiciones o que yo estuviera a su lado. Después, hizo la reglamentaria reverencia y se quitó su casco, para que le pudiéramos identificar. Su expresión era de preocupación y luego me tanteó para comprobar si Otreb realmente se encontraba bien.
- Venía para asegurarme que os encontrabais bien, por orden del Rey. –Gritó, para hacerse oír, rebotando sus palabras con virulencia por todas las paredes, impresionándole claramente.
- Comunicadle que estoy bien. La herida sanará pronto, sólo necesito un poco de reposo. –Contestó el Capitán con rapidez y apartando la mano del pecho, cambiando por completo de actitud, regresando al tipo serio e impermeable que siempre mostraba ser ante los demás.
Los ojos negros de Susje brillaban de miedo, duda, orgullo y culpabilidad. Se volvió a mí, en silencio, interrogándome con su mirada. No añadí nada al respecto, no por que no quisiera, sino porque tampoco confiaba mucho en Susje, en vista de cómo había actuado en el enfrentamiento de la tarde en el Salón del Trono. Aunque, en realidad, sabía por qué lo había hecho. Aunque la princesa Ana le hubiera dejado por el soldado Nairda, él seguía amándola. Y si había algo que sabía demasiado bien era que... el corazón despechado de un ser humano puede cometer auténticas estupideces.
- Comunicadle también, que mañana iré a la reunión de estrategia, tal y como acordamos.- Parn volvió a hablar, con seguridad. -¿Os encontráis bien, Susje?
El soldado bajó su rostro al suelo, con una mezcla de sentimientos tan convulsas, que ni yo misma nunca he llegado a saber realmente por lo que pasó por la mente de Susje en aquel momento. Me sorprendí al escuchar a Parn interesándose por algo que sabía que no podía ver. Supuse de inmediato que el oído del Capitán se había ido adaptando con el tiempo y podía distinguir estados de ánimo sólo por los tonos de voz, aunque no pudiera ver a su interlocutor. Al principio, Susje habló a gritos y fue bajando el tono, en vista de que el eco nos hacía llegar las palabras a la perfección, hasta que prácticamente susurró.
- Me alegro que os encontréis bien, Capitán. Era una herida horrible y en los tiempos que corren... hubiera sido un grave contratiempo que hubierais enfermado. –Acotó y después hizo una breve pausa.- Voy a informar al rey. Espero que descanséis esta noche. Le espero al alba en el Patio de Armas, para acompañarle a la Ciudad Alta, como acordamos. Capitán... Éowyn... Buenas noches.
Susje se inclinó, golpeando el puño en el pecho de la armadura, provocando de nuevo el eco metálico, bastante molesto para mis oídos. Se incorporó, viendo el gesto de cortesía de Parn, con la cabeza inclinada. Después se dirigió a mí. Saqué mi mano derecha y le saludé, a modo de despedida.
- Buenas noches, Susje.- Me atreví a hablar.
El soldado, dio media vuelta y se marchó por donde había venido, escaleras abajo. Ambos, permanecimos en silencio, escuchando cómo sus pasos acelerados se iban enmudeciendo, mirando a la nada. Si hubo algo que me llamó la atención fue cómo Susje remarcaba de manera constante el hecho de que venía de parte del Rey. ¿Significaba eso, que de no haber sido por este motivo, nunca habría ido a interesarse por Parn?
- Si os decidís a ayudarme, os van a aplastar. No creo que lo acepten. –Habló cuando estuvo seguro de que Susje no le podría escuchar.- No creo que podáis...
Sus palabras me sacaron de mis pensamientos. Todavía me encontraba de pie, con una mano en el bolsillo y la otra fuera. Introduje en el bolsillo vacío la que estaba fuera y escuché las palabras del Capitán sin volverme.
- Lo que piensen o digan los demás, no me importa. Las apariencias no me importan.
Hubo un incómodo paréntesis, en el cual Otreb se acomodó en el peldaño y el brazo izquierdo se apoyó en la pared.
- Salvo, claro está, que a ti te importen las apariencias.- Rematé.
Entrecerró levemente sus ojos, pensativo. Movió la mano contra la pared, para apoyarse, y trató de ponerse en pie. Se tambaleó un poco, inseguro y me acerqué para ayudarle a ponerse completamente de pie. Le agarré por el brazo izquierdo hasta que se estabilizó. De pronto, cuando le observé, me encontré con una gran sonrisa en sus labios de agradecimiento, y desesperación al mismo tiempo. Su brazo buscó mis hombros y, entonces, comprendí. Tomé el brazo y lo dejé caer en mis hombros, rodeándome el cuello, para apoyarse.
- ¿Por qué, Eowyn? –Susurró con tristeza, mientras se dejaba apoyar en brazo en mis hombros, para poder hacer punto de apoyo.
En un principio, no dije nada. Con la mano derecha agarré su muñeca y esperé a que se decidiera a moverse. Levantó el pie izquierdo y buscó a tientas el peldaño inferior, sin soltar ni el brazo y la mano de la pared. Poco a poco, fuimos coordinando el movimiento de descenso y descendimos lentamente hasta el nivel intermedio entre los dos pisos.
- Porque aún eres mi amigo.
No dijo nada, ni dio la impresión de sorprenderse con la respuesta tardía. Sólo noté un cierto tirón amable de su brazo, hacia él. Fue su manera de darme las gracias.
Así fue como, ambos, comenzamos el largo viaje hasta su lugar de descanso, en medio de la noche, en silencio.
Levor entró en aquella sala que, en menos de veinticuatro horas, había sido majestuosa e imponente. Aún podía pisar los restos de la sangre de heridos y muertos y, todavía, podía oler la muerte. Se sacudió la cabeza, como si quisiese negar los hechos, en medio de la oscuridad. Atravesó el pasillo del Salón de los Reyes a grandes zancadas, como si realmente huyese del pasado. Un pasado muy cercano que aún consideraba como una pesadilla. En realidad, no quería ver el destrozo de aquellas esculturas regias tan antiguas ni cómo aquellos tapices, que había sobrevivido a todo, se hallaban irreparablemente destruidos. Introdujo ambas manos en los bolsillos de sus vaqueros sin preocuparse de ajustarse su arrugada camisa blanca. Bordeó el salón del trono ensangrentado y atravesó la puerta que se encontraba a un lado, extrañamente abierta.
Se topó de golpe con dos soldados vigilaban la entrada a la sala de audiencias del Rey Leinad, armados y en posición de guardia. El impresionante salón de actos y ceremoniales del reino de Delain, la llamada Sala de Audiencias, le cegó por un instante, al rebotar la luz de la luna en toda la estancia y en la armadura de los dos caballeros. Pese a la “oscuridad” reinante, el ambiente de aquella sala cuadrada, y bastante menos grande que el Salón del trono o de Los Reyes, eran tan melancólico que Levor sintió algo estremecerse en su interior.
Se detuvo a observar, en silencio, intrigado por la decoración tan extraña de aquella peculiar estancia. Primero, se encontraba demasiado vacía y la única salida que tenía, aparte de la puerta por la que acababa de entrar, eran esos portones que parecían conducir a un balcón. Salvo el suelo y la mitad de la superficie de las tres paredes, que eran plateados (¿es así el tono o realmente está hecho de plata?), todas las paredes y el techo estaban decorados con frescos. Miró a su alrededor, intentando adivinar la temática de éstos, mas desistió. Esta no era su prioridad y, posiblemente, nunca lo sería. Había llegado a la conclusión de que en cuanto menos se admirara y encariñara con Delain menos doloroso sería el futuro que estuviera por venir.
Los dos temibles soldados, con sus cascos y sus armaduras, no dijeron nada y tampoco parecieron ver a Levor. Éste optó por no molestar, ni sugerir algo agresivo. El que el Rey les hubiera acogido como amigos no quería decir nada. Su posición en aquel mundo perdido en el espacio/tiempo seguía siendo muy frágil y delicada. Se atrevió a cruzarlos, avanzando hacia los portones plateados. Ahí confirmó que realmente daba acceso a un grandísimo y soberbio balcón.
Buscó con la mirada a Adrana y la encontró de espalda, inclinada y apoyada en el balcón. A su lado, y de pie, se encontraba un individuo que no era de Delain. Su vestimenta le delataba. Levor se detuvo en medio del salón, preso del pánico. Aquel individuo, a quien veía de espaldas, era alto, delgado y portaba un revólver en su cinturón derecho. Tragó saliva. No era Jake, eso por descontado. A pesar de que la luz de la Luna Llena de Hyperion hacía brillar sus cabellos oscuros, semiocultos en aquel extraño sombrero, Levor reconoció al dueño de esa figura a la primera. Le había visto llegar al Muro del Cuerno, la primera noche. Esa espeluznante sonrisa...
De repente, el hombre giró su rostro, quedando de perfil. El corazón de Levor se detuvo en un segundo lentísimo, cuando lo vio esbozar aquella media sonrisa, desafiándolo. Estaba seguro que él sabía que aguardaba en la oscuridad del Salón de Audiencias y le había sonreído a él. Sólo a él. El Pistolero, apoyó una mano sobre el hombro derecho de la General Limenis –que proseguía de espalda-, asintió, se volvió a su derecha y abandonó el lugar, sin entrar al salón, saliendo de su campo de visión.
¿Qué hacía “La Sonrisa de la Muerte” en aquél balcón y hablando con Adrana?
¿Cómo había desaparecido ante sus propias narices?
¿Seguía ahí, verdad?
Ahora sí que no le cupo duda de que Solarin “El Cruel” estaba vivo y estaba jugando su papel en la guerra. Pero... ¿qué papel? ¿Al lado de quién? La cólera fue penetrando el alma del Profesor, cocentrándose en su puño derecho, completamente prieto.
- ¿Adrana? – Apenas pudo susurrar.
Ella no le escuchó, así que decidió arriesgarse a encontrarse con aquel tipo y avanzó hacia el Balcón del Rey.
La vista que se encontró Levor, una vez fuera, era magnífica. Desde aquel balcón se veía todo el valle, todas las murallas, e, incluso, el cerro desde donde habían contemplado el paisaje inverso y el horizonte desde dónde había llegado dos días antes, apresados por los hombres de Parn. La eterna Luna Llena del planeta Hyperion brillaba en todo su esplendor, difundiendo su peculiar brillo a todos los rincones del planeta. Levor no pudo evitar emocionarse, pese al miedo que albergaba en su interior, ante el espectáculo nocturno que tenía ante sí. El silencio era hipnotizador. La brisa, tenue y templada, movía el mundo de Hyperion en medio de la noche. Ahora sí lo sentía. Sentía el latir del planeta y su corazón y su mente, mediante algún mecanismo oculto, se estaban fundiendo con él. Pese a la ira y miedo que había sentido, no pudo evitar relajarse y sonreír tibiamente ante lo que estaba contemplando. El Profesor observó el balcón. A diferencia de la sala en la que acaba de estar, el suelo era de mármol negro, a juego con el aspecto siniestro de aquel castillo, y la gruesa barandilla estaba decorada con las esculturas medianas de los reyes antiguos, dándoles un aspecto plateado que hacía daño a la vista si pretendías mirarlos de frente. Miró a su alrededor y no divisó a Solarin. ¿Cómo podía haber salido de aquel balcón sin ser visto?
- ¿Levor?
Un poco absorto, atendió la petición de Adrana. Parecía pálida y delgada y su mirada parecía muy cansada. No le preocupó verla de negro, con sus pantalones y su camiseta sin mangas. Parecía haber tomado ese color como un verdadero uniforme, pese a que, personalmente, a él no le gustase. Su vista se desvió a lo único con color que llevaba. Un único adorno, un collar dorado con forma de ocho. Echó un vistazo a su cintura, viendo que no tenía el cinturón con todas sus armas, que tanto le habían servido horas antes. ¿Dónde estarían sus armas?
- ¿Puedo hablar contigo?
Ella tenía las manos entrelazadas, como si estuviera rezando, con los codos apoyados en la barandilla. Su corto pelo negro se revolvía con el viento. Tenía un aspecto extraño, como si la melancolía y la desgana se hubieran apoderado de ella tras hablar con Solarin. Asintió, pero no dijo nada. El corazón de Levor crecía el temor. El temor a que se derrumbara, de que fuese como una rosa frágil y muriera para siempre.
- Vamos a ir al Consejo de Danu. Iremos Jake, Boswell y yo. ARyan ha decidido quedarse aquí, contigo y con Vandal. Parn nos ha ofrecido a uno de sus hombres para guiarnos. Pero antes de ir, como no sé cómo va a desarrollarse los acontecimientos, quería hablar contigo.
Adrana volvió a asentir, sin dejar de contemplar el valle. Se le antojó tan perdida en sus pensamientos, tan lejos de aquel lugar, que Levor se estremeció. No era capaz de reconocer a la mujer que les había llevado hasta aquel planeta desconocido. Ahora comprendía sus miedos y la necesidad de “obviar” ese conocimiento. Por la forma que los habitantes de Delain se dirigían a ella, estaba claro que había llegado a ser uno de ellos.
- ¿Qué pasó para que abandonaras este precioso lugar? –Levor dejó flotar las palabras, mientras su vista se perdía en el valle.
Adrana en un principio no dijo nada. Permaneció en la misma posición un rato más, aumentando el silencio y el abismo entre los dos.
- Todos nos equivocamos y tomamos las sendas correctas en los momentos equivocados.
El Profesor se volvió a su querida amiga, sorprendido por la serenidad y la seguridad de sus palabras. Levor se acercó más y la imitó. Cruzó sus manos y se agachó para apoyarse en la barandilla real. La miró de soslayo, como animándola a seguir hablando.
- Sabes que no acostumbro a quedarme durante mucho tiempo en un lugar. Aunque, este lugar es especial. Siempre supe que volvería y, mucho después, todavía volveré. Porque esta tierra no pertenece a nadie, sólo pertenece a quien la ama de verdad. Todos los habitantes de Hyperion la aman, por ello ella les mima y permite su existencia y permanencia. Cuando los Hombres olviden amar a esta tierra, ella les expulsará.
Una amarga y perdida sonrisa se asomó por su rostro. El tono de voz con el que habló no hizo sino aumentar la compasión de Levor. No se atrevió a interrumpirla.
- Aquí descubrí el verdadero significado de la Senda de Eld.
Levor se sintió incómodo. Acomodó sus brazos, nervioso. Adrana no hizo desaparecer su sonrisa y tampoco mostró intención de querer hablar cara a cara.
- Levor…
- ¿Si?
- Perdóname por lo que voy a decir, aunque ahora mismo no lo entiendas.
No pudo evitar mirarla, con cierto desconcierto. ¿Acaso ella…
- Lo siento, Levor. Lo siento por todo lo que ha pasado y por lo que pasará. Siento tener que haceros pasar por esto. Lo siento por todos. Realmente, yo…
Sin mirarla e interrumpiéndola, alzó la mano y la dejó caer en su cabeza, obligándola a bajar la cabeza, revolviéndole los cabellos.
- Cabezota.
Adrana, en cuanto se deshizo de la “molesta” mano que perturbaba su cabeza, le miró con clara confusión ante la sonrisa de su compañero. Alzó una ceja, interrogante.
- Mientras tú creas, mientras tú sigas teniendo fe, todo estará bien.
Adrana abrió sus ojos oscuros, como si hubiera sido capaz de entender, por un instante, el transfondo real de aquella sentencia extraña. Era en momentos como éste, donde Levor se sentía totalmente fuera de lugar. Quería decir todo lo que su mente quería decir, pero no era tan fácil…
- ¿Qué me dices de Leinad? ¿Es fiable? –Cambió de conversación, regresando a la vista del valle.
- Sí, aunque tenga hombres bajo su mando que tienen el corazón podrido.
- ¿Y Parn? – Insistió, abandonando la barandilla y cruzando los brazos.
Adrana volvió a dudar o a perderse en los recuerdos otra vez. ¿Qué clase de recuerdos le inspirarían ese paisaje? El Profesor alcanzaba a adivinar algunos sentimientos de su resentido corazón, aunque se temía que ni en sus pensamientos más amables lograría acercarse a la realidad.
- No lo sé. – Susurró.- Al principio no me cayó en gracia, aunque siempre he sabido que esconde un gran corazón.
Abandonó la barandilla, el collar dorado tintineó al ser iluminado por la Luna, y volvió sobre sus pasos para sentarse en el banco de piedra que había junto a la puerta de acceso del balcón. Levor la siguió con la mirada. Ese collar era de una talla magnífica. Era un collar sencillo y su corazón dio un vuelco. Trató de olvidar el collar y se centró en ella.
- ¿Con quién hablabas antes de que llegara? – Levor decidió que ahora el momento de preguntar.
Limenis pensó antes de responder. Sorprendentemente, la respuesta lo hizo mirando a Levor de frente. Su rostro se mostraba confiado y seguro, para su sorpresa.
- Con Solarin, si es que eres capaz de rememorar el significado de ese nombre.- Hizo una pausa molesta y sonrió.- Llegarás tarde a la Asamblea. Os deseo suerte.
Levor asintió y sonrió. Inexplicablemente, se sintió liberado. Él sabía que no mentía. Sino que las circunstancias la estaban obligando a “atrasar” la verdad. Aunque cómo conocía Adrana a Solarin, de qué habían hablado y qué papel jugaba el Pistolero en esta cruel función no lo sabía. Dudaba que ella estuviera dispuesta a contarlo, en ese momento. Tiempo al tiempo y paciencia, eran los consejos que ella siempre promulgaba. Tendría que aplicar lo mismo para conseguir lo que quería saber.
El Profesor bajó los brazos, se acercó a Adrana y apoyó su mano sobre su hombro derecho.
- Buenas noches, Adrana. Volveremos lo más prontamente que podamos. No te preocupes por Jake y Boswell. Te prometo que los cuidaré y los vigilaré.
- Buenas noches y buena suerte, compañero.
Levor levantó la mano y se internó en la oscuridad del salón de Audiencias. Dio media vuelta, con la esperanza de verla de pie, vigilando el valle de Delain, pero no la encontró.
- Levántate, Ottavia.- Susurró Levor a la nada.
Cabizbajo, atravesó el salón, sin recibir un gesto de aprobación o de negación por parte de los vigilantes nocturnos.
La Guerra comenzará y tu estandarte se alzará.
Fe y lealtad.
Amor y amistad
Gloria y esperanza.
Anochecer y amanecer
Sueños perdidos y sueños cumplidos.
Los guerreros seguirán combatiendo desde la eternidad
Jake abrazó aún más a ARyan, si es que eso era posible, cuando escuchó la pregunta del Rey. Desvió su atención a Susje, aún de rodillas. A Nairda le habían levantado, esposado y éste, encogido y cojeando, se encaminaba hacia la princesa, a quién se la veía conmocionada.
¿Qué decidirá ese soldado?
No alcanzaba a entender esa guerra personal que se había desatado entre Parn y Adrana contra la princesa y el otro soldado, Nairda. No se había esperado que Nairda fuese tan violento, ni tan sediento de sangre. Tampoco podía creerse que Adrana, siempre neutral y pacífica, se hubiera decidido a hacer lo que había hecho. De hecho, no se lo creía. Podía entender el miedo y el susto de ARyan, de ahí que sólo pensase en calmarla y protegerla. En ese momento, Adrana se dejó ayudar y entre los tres, cargaron al Capitán y lo sacaron de la sala, desapareciendo de su vista.
¿Quién es el traidor en realidad? ¿Parn? ¿Nairda? ¿El Rey? o… ¿La Princesa?
Era de locos.
Cuando Adrana desapareció por la puerta con los soldados, buscó a Levor y lo encontró junto a Boswell, ambos bastante sorprendidos y expectantes ante lo que estaba sucediendo. Jake se alegraba de que ambos estuvieran bien y hubieran conseguido deshacerse de sus enemigos.
Susje se puso de pie, con la cabeza gacha, entre el grupo detenido de la princesa que comenzaba a marcharse por una de las dos puertas (apresados por la Guardia Real del Rey) y listos para ser expulsados del reino, y el grupo que se encontraba en el bando del Rey. Finalmente, levantó la cabeza y Jake vio un rostro congestionado y enrabietado. Sus manos eran verdaderos puños temblequeantes. Permaneció en esa postura durante un minuto, tal vez más y comenzó a andar hacia el Rey, con la mandíbula a punto de estallar.
- Con todos mis respetos señor, esto es una declaración de guerra. ¿Dónde están los tiempos de Paz? ¿Dónde está el tiempo de libertad?
Jake lo miró perplejo. ¿Después de todo lo que había sucedido, aún no se podía decidir? Se volvió a ver que hacía el Rey. Éste, por su parte, seguía con su mismo rostro hierático de siempre, sin soltar a su compañero herido, lo que le puso nervioso. El Rey volvió a resoplar y bajó levemente la cabeza, como asintiendo.
- Susje, esto es la guerra. Cuando estalla la guerra, no hay libertad de elección. La única libertad de elección se encuentra en saber en qué bando combatiente deseas estar. Por ello os he preguntado. Porque os he visto tratando de evitar la muerte del traidor Nairda, cuando podía haber sido ejecutado y nos hubiera ahorrado problemas posteriores. Eso me genera dudas sobre vuestra lealtad.
Susje bajó sus ojos marrones al suelo con una expresión de horror que hizo preguntarse a Jake si la presión a la que estaba sometido no le haría volverse loco.
Tras otros largos segundos de permanecer así, Susje finalmente se cuadró, con los ojos enrojecidos, y avanzó paso firme hacia el Rey, pasando por delante de Jake y ARyan, pisando la sangre que había dejado Parn en el suelo y arrodillándose ante el Rey con estruendo (producido por su armadura de metal al chocar contra el suelo), cuando estuvo a escasa distancia.
- A su servicio, Señor de Hyperion y Rey de Delain.
Con el tiempo, Jake recordaría este instante como el momento donde encontró el valor por sí mismo y la primera vez en la que decidió disparar por voluntad propia para defender lo que él realmente creía y amaba.
Lo recordaría como el día en que su pistola y su corazón fueron uno por vez primera.
- ¿Eh?
Solarin, “El Mensajero”, subió los últimos peldaños de la escalera casi jadeando. Esperaba que ARyan hubiera llegado en el momento justo, ni antes ni después. Sino, su plan se iría al traste. La noche anterior había escuchado a un par de soldados, supuestamente leales al Rey de Delain, que, cerca del amanecer, habría un intento de golpe de estado. Así que, en base a eso, lo había planificado todo, al menos esta parte de la jugada. Había dispuesto al caballo y cuatro piezas más a jugar. Y, aunque el Rey Blanco había jugado muy bien sus cartas, no iba a ganar, NO esta vez.
“¡Este jaque mate es mío, Walter!”
Y, aunque estaba bastante seguro de su victoria, quería ver la resolución de su jugada con sus propios ojos. Tras subir aceleradamente los últimos peldaños, llegó al piso, con la mano apoyada en la culata de su revólver y comprobó que los alrededores estaban desiertos. ¿Por qué un golpe de estado no tenía custodios, controlando que los fieles al rey no aparecieran de improviso para acorralarles?
- Qué extraño... –Susurró para sí.
Frunció el ceño y dudó si asomarse por una de las puertas. Entonces recordó que el salón del trono contaba con unos ventanucos, ocultos tras las cortinas normalmente, que se utilizaban en las grandes recepciones, para que los que no tuvieran sitio pudieran contemplar los actos oficiales. Esbozó media sonrisa. Ya había solucionado su primer problema. Con sigilo pasó ante la primera puerta, totalmente cerrada, para su sorpresa. Alcanzó a escuchar la voz altanera de un hombre, resonando por toda la estancia. Volvió a fruncir el ceño. Algo no iba bien. Se acercó lo más deprisa que pudo a la pared y buscó uno de esos ventanucos. Cuando lo encontró, se apoyó en la repisa y se subió de un salto. Afortunadamente, tenía la cortina puesta, así que no le verían. Sólo le bastaba con apartarla un poco y contemplar lo que estaba sucediendo. Desenfundó la pistola y apartó ligeramente la cortina.
¡Joder!
Ahogó su exclamación como pudo, al darse cuenta de lo grave que era la situación. Ante la puerta cerrada, que no dudaba que acababa de pasar, se encontraban parte de los miembros de la caballería del rey, acompañados de la no muy agradable princesa Ana. El Capitán Parn estaba desfallecido en los brazos de ARyan, mientras esta lloraba (¿Acaso Parn había muerto?). La General Limenis (¿Qué hacía descalza? O, mejor dicho, ¿de dónde había salido?) estaba desafiando a Nairda. Boswell y Jake parecían estar protegiendo al Rey de Delain. Después, distinguió a Levor, completamente solo, que no cesaba de observarlos a todos con una expresión de impotencia absoluta muy propia de él.
- ¡NO!
- ¡Joder! –Esta vez, Solarin no pudo reprimir su impulso, pero que nadie oyó en medio del griterío y estruendo que desató una sola palabra.
Lo que vio lo dejó totalmente pasmado. Al tiempo que Limenis respondía al ataque de Nairda, utilizando su propia espada láser sin reparos, en un combate de cuerpo a cuerpo, Levor se lanzó a por una espada que había en el suelo, abandonada y muy cerca de él. Fue el movimiento de Levor y no el de Limenis lo que desató aquella locura, cosa que le asombró. Siempre había tenido al Profesor como una persona bien templada y serena y no por una persona que causase, por sí mismo, el caos. Aunque, para ser sincero, después de verle pelear con ese dominio y poderío contra el propio “Caballo” había conseguido renovar sus esperanzas para con él.
En ese momento, algunos de los caballeros que se encontraban junto a la princesa Ana, desenvainaron sus espadas y puñales y se lanzaron al ataque, entre ellos el Caballero Susje. Para desconcierto de Solarin, tanto Jake como Boswell reaccionaron, en el acto, al ataque como auténticos y experimentados guerreros. Jake, quien se había mostrado atemorizado y dubitativo en un principio, disparó sin dudar (casi yéndose hacia atrás por el efecto repulsivo del disparo) y un tipo cayó sin gracia. Boswell, por el contrario, salió corriendo en auxilio de Levor cuando otro caballero (¿De dónde había salido? Ni siquiera la mirada aguda de Solarin había sido capaz de detectarle) apareció dispuesto a matarlo por la espalda. En verdad, pensó el Pistolero más tarde, de no haber sido por la rapidez de reflejos de Boswell, habría que haber lamentado la muerte del Profesor. Detuvo el embiste con el puñal con precisión, aferrado con ambas manos, de un modo sorprendente, lo que dio tiempo a Levor a ponerse de pie, cubrir el ataque y ayudar a Boswell. Esto lo dejó más atónito todavía. ¿Boswell ayudando al Profesor y a la inversa? Estaba claro que la verdadera naturaleza del ser humano se descubría en el campo de batalla.
Escuchó un segundo disparo y se fijó en Jake. De veras, el chico prometía. Parecía que iba “fundiéndose” con el arma. Esbozó una media sonrisa de orgullo. Se volvió a la persona que el aspirante a pistolero protegía: ARyan. Ésta tenía el rostro levantado, pasto de las lágrimas, incapaz de moverse, totalmente paralizada y abrazaba al Capitán, como si sus brazos fueran suficientes para salvarle. Afortunadamente, Jake estaba ahí para protegerla, porque a estas alturas, Solarin dudaba que Parn estuviera vivo. La herida parecía profunda y aparatosa, aún a esa distancia.
-Menudo tajo... –Susurró.
Tragando saliva y viendo caer el cuerpo del infeliz caballero, descubrió a Limenis. Había clavado la espada láser perpendicular a la pared y estaba junto a la princesa. Distinguió a Susje solo, bastante confundido y de rodillas, como si estuviera totalmente derrotado. A poca distancia de él, se encontraba Nairda, inconsciente.
En ese momento, pareció que todo se tranquilizó, porque los caballeros que eran leales al Rey, formaron filas en torno a él y los del otro bando cesaron en su ataque, al ver que Jake podía detenerles con un solo disparo y a distancia. También el hecho de que Limenis había conseguido acorralar contra la pared a su líder, tenía mucho que ver.
Solarin sonrió de verdad, por primera vez en mucho tiempo, orgulloso de sí mismo.
Y un silencio aplastante cayó pesadamente, deteniendo toda actividad, en el Salón de los Reyes… Salvo los gimoteos de ARyan, conteniendo las lágrimas y la voz susurrante (o al menos, eso le parecía, a esa distancia) de la General Limenis hablando, en una actitud desafiante y amenazante con Ana. Su espada láser estaba clavada en la pared, a escasos centímetros de la cabeza de la princesa. Ahora la atención estaba en Limenis de nuevo. Tras “hablar” con Ana, dio un par de pasos hacia atrás. La luz de la espada láser se deshizo, esfumándose en el aire. Solarin no sabía lo que le había dicho, aunque debía de haber sido lo suficientemente persuasivo como para dar terminado el combate, a juzgar por el rostro descompuesto de la mujer. Para conmoción de Solarin, Limenis dio la media vuelta con decisión y aplomo, sin importarle nada (ni siquiera que le atacasen por la espalda) con gesto tétrico y contenido, avanzando entre cuerpos heridos y muertos; de regreso al centro de la estancia, acercándose a ARyan y a Parn. Pasó por encima de un Nairda retorcido de dolor, sin pisarle, y al lado de un muy conmocionado Susje, ignorándoles por completo. Durante un fragmento de tiempo, cinco segundos a lo sumo, pudo distinguir perfectamente cómo ella posaba los ojos en la cortina tras la que se ocultaba. El Pistolero prácticamente pudo leer en sus encendidos oscuros ojos desilusionados un “Eres incorregible, Solarin.”
Como si no la conociera…
El contacto visual duró tan poco que fue como si nunca hubiera sucedido y siguió avanzando, con aspecto derrotado, como si la victoria de la batalla se la hubiera llevado el bando contrario.
Solarin distinguió a Boswell y a Levor, juntos, sujetando a un caballero que habían detenido entre los dos. Ninguno parecía herido. En el centro, y hacia donde se dirigía Limenis, se encontraban Jake, ARyan y Parn. Jake aún no bajaba la guardia, ante los dos indefensos, esperando un ataque sorpresa. El rostro de ARyan era un estropicio, (con lo mona que es, pensó para sí
debido a las lágrimas y a los ojos enrojecidos e hinchados que tenía. Eso sí, en ningún momento había soltado a Parn, bien sujeto en su regazo. Sonrió. Pudiera ser que todos vieran en ARyan un personaje lloroso y débil, pero había cumplido su cometido. Más tarde, algún día, comprenderían el valor real de ARyan en su partida de Ajedrez. Lo que era y significaba realmente ARyan.
El Pistolero intentó enfocar la vista en el Capitán, en su Caballo. Aunque el sentimiento de “pena” no iba con él, sí pudo reconocer un sentimiento extraño azotándole el corazón. Aunque, en realidad, ni siquiera tomó conciencia de tan extraordinario hecho. Tras los débiles, se encontraba un altivo rey Leinad, quién se había bajado del trono y sujetaba al capitán de su guardia real, Leunam. Los golpistas parecían aceptar que habían perdido, mientras observaban y esperaban órdenes de su “noqueado” líder. Mientras, Limenis avanzó hasta detenerse frente a una llorosa ARyan, pasando de largo de Jake. Pareció concentrarse en Parn, ausente, para después centrarse en su compañera con un gesto indescifrable.
- ARyan... ¿Por qué lloras?
Solarin se quedó desconcertado por un momento. ¿Por qué ella estaba haciendo esa clase de pregunta? ¿Por qué empleaba un tono tan seco y duro contra su propia amiga? ¿Acaso aún no comprendía por qué estaba llorando realmente ARyan?
El mismo desconcierto del Pistolero se reflejó en el rostro transparente de ARyan. La miró un instante, como si no hubiera entendido la pregunta, y luego cerró los ojos para contener otro torrente de lágrimas. Cogió aire y soltó con toda su rabia e impotencia:
- ¡¡Tú no eres así!! –Negó con la cabeza, entre ataques de hipo.- Tú... ¡¡no eres así!!
El Pistolero no pudo evitar soltar un suspiro de comprensión y otro de lamento por ARyan, porque sabía cómo iba a reaccionar esa mujer. La conocía muy bien.
- Soy de acuerdo con las circunstancias. –Realizó una pausa, mirándola con dureza.- ¿Has solucionado algo llorando?
Vio a Jake pegar un respingo, como si hubiera tomado conciencia de que todo había terminado y el mundo se había movido sin que se hubiera percatado y se volvió, lanzándole una mirada acusadora a Limenis, que ésta ignoró por completo... ARyan siguió llorando, impotente, aferrándose en Parn.
- Podías, al menos, haber sacado a Parn de esta sala, buscar ayuda para sus heridas, en lugar de gimotear y lamentarte tanto. –Le recriminó con dureza.
- Yo...
ARyan no tuvo oportunidad de explicarse. Limenis se agachó, apoyando una rodilla en el suelo y se acercó a Parn, acercando las manos hacia él, con clara intención de cogerlo y arrebatárselo. Soltó a Parn de los brazos de ARyan y lo cogió entre brazos, alzándolo a duras penas, apoyando su barbilla en su hombro. Se levantó, tambaleó un poco y buscó una salida con la mirada. Cuando Solarin pensaba que iba a marcharse sin decir nada, le sorprendió que la general hablase.
- Señor y dueño de Hyperion. –Comenzó.- Parn sólo quería la verdad. La verdad que se nos ha sido negada. Rey de Delain, ahora conocéis la verdad, así que podréis juzgar los hechos y decidir qué ha sucedido. Si luchar por lo que se cree, luchar por recuperar el honor perdido o luchar por lo que amas es un crimen castigado con la muerte, os ruego que la misma sentencia que apliquéis a vuestro Capitán sea ejecutada en mí. Soy tan culpable como él.
Todas las miradas se centraron en la figura alta, delgada y seria del Rey de Delain, Leinad. Incluso el herido Leunam, que estaba siendo sujetado por el rey en persona, levantó la cabeza, perplejo. Se pudieron escuchar exclamaciones y murmullos, tras sus palabras.
- ¿Esa es vuestra elección? ¡Pudríos!
Solarin no tuvo que volverse para darse cuenta que esa voz era la de Nairda, llena de odio, quién, en algún momento, había conseguido levantarse y permanecer sentado en el suelo. Solarin decidió ver qué decidía la verdadera pieza de esta jugada. La pieza clave que le permitiría ganar más adelante al Rey Blanco, el sujeto contra el que jugaba.
Leinad parecía tener sólo ojos para Limenis. Tenía una expresión grave y contenida, realmente estaba sufriendo con la situación. Tal vez ella le había obligado a tener que tomar posiciones que no debía, aunque, en realidad, eso mismo era lo que esperaba Solarin de él.
La neutralidad en la Gran Guerra del final de la Edad de los Universos ya no está permitida.
E Hyperion TIENE que tomar una decisión.
En ese momento, las puertas que había estado cerradas, a espaldas de Atram y la princesa Ana y sus secuaces, se abrieron de golpe. No hubo tiempo para huir. Los soldados que habían estado neutrales en Delain, o aquellos que estaban patrullando las tierras de Delain, habían llegado por fin. A fin de cuentas, eso era lo que había esperado Solarin. No en vano había sido él mismo, personalmente, quién les había avisado. Nairda explotó una sarta de insultos, amenazas e injurias muy propias de él, al verse acorralado.
- ¡Estáis arrestados en nombre del Rey de Delain!
El Rey lanzó un suspiro notorio, tras el grito de rabia que lanzó. El aplastante ambiente sólo se veía interrumpido por los últimos gimoteos de ARyan, ya más tranquila en brazos de Jake, quién la había abrazado, y por la desagradable respiración de Parn, quién no tenía muy buena pinta.
- Princesa Ana... soy el legítimo Rey de Delain. No se os ocurra desafiarme y, mucho menos, acusar a estos dos compañeros de Delain. –El Rey señaló al Capitán y a Limenis.- Volved a Sanilas y no volváis a pisar esta tierra nunca más. Estáis destituida del gobierno de la Región Sur.
Los soldados que acaban de irrumpir la escena, ni bien el rey hubo acabado de hablar, se abalanzaron sobre los verdaderos traidores, para esposarlos con cuerdas y llevarlos custodiados fuera de la estancia. Mientras esto sucedía, Leinad se volvió a Limenis.
- Eowyn... Llevad a Parn donde Merlín. Informadme de su estado en cuanto sepáis algo. También os rogaría que os quedéis aquí, así como vuestros amigos. –Miró a su alrededor entre aliviado y agradecido, buscando con la mirada a Boswell, Jake, Levor y ARyan.- Bienvenidos a Delain, sentiros en casa.
No pudo asegurar si Boswell se sentía en casa o si estaba de acuerdo con el rey, pero quién sí expresó sus sentimientos sin palabras fue Levor. Una sincera y resplandeciente sonrisa adornaba su cansado rostro taciturno, totalmente agradecido. Jake reaccionó aumentando la fuerza de su abrazo en ARyan y ésta se aferró a él, posiblemente para intentar controlar sus contradictorias emociones.
Limenis sonrió vagamente y se aseguró la carga. Un par de caballeros de la guardia real, que a duras penas se mantenían en pie, se acercaron para ayudarla a transportar el cuerpo, sin tener que arrastrarlo, dado que era el doble de grande que ella, en cuanto a tamaño.
En ese momento, el legítimo Rey de Delain perdió la vista al fondo del salón y enfocó su vista en una sola persona, arrodillada y ausente ante los intentos de los soldados recién llegados para que hablase. Su voz autoritaria, aunque algo aguda para ser la de un hombre, tronó por la estancia.
- Susje... ¿De qué lado estáis?
Y Solarin no pudo sentirse más satisfecho y orgulloso.
Sonrió, esbozando aquella terrible mueca, cerrando el telón de su magnífica escena.
Realmente, se podía esperar algo grande de todos ellos.
En verdad, eran los elegidos...
Jake podía escuchar el chasquido de sus propios dientes. Sentía que su mano alzada temblaba terriblemente y un creciente sudor frío le estaba invadiendo el cuerpo. Podía oír la respiración congelada de Boswell, tan asustado como él, y del Rey Leinad, aunque esta respiración era casi más de expectación.
No podía ver a “Adri”, sólo su espalda. Tenía que tener los pies congelados a estas alturas, al estar desnudos sobre aquella gélida baldosa que adornaba el salón del trono de Delain. Estaba de pie, con las piernas separadas, con la espada láser en todo su esplendor. Escuchó aquella espantosa risa y aquellas terribles palabras de muerte como si fueran dirigidas a él, en lugar a “Adri”. De pronto, ARyan, de espaldas a Jake, comenzó a llorar y a doblarse, como si quisiera proteger al Capitán, tumbado de mala manera.
- ¡NO!
El contundente grito de Levor retumbó con virulencia por todas las paredes, rebotando en su pabellón auditivo como si fueran cuchillas y, entonces, fue cuando la tensión se rompió. Los acontecimientos se desataron, de nuevo. Aunque luego se daría cuenta de que había sucedido en pocos minutos, él lo recordaría como los minutos más largos de su vida.
- ¡NO!
Levor echó a correr, entre la agonía y la cólera, lanzándose al suelo a por la espada que “Adri” había arrebatado al caballero Nairda, instantes antes, cuando defendió a Parn. El Profesor dejó de ser un elemento importante en el campo de visión de Jake cuando Adrana empuñó su espada láser y se lanzó de un salto hacia Nairda. Boswell hizo un movimiento que no supo discernir, al verle por el rabillo del ojo, y ARyan comenzó a gritar en una tonalidad aguda y chirriante. Fue cuando Jake comprendió que no debía tener miedo o éste les mataría y le mataría. Divisó a un caballero abalanzarse contra ARyan y Parn. Eran extranjeros en una guerra de intereses, prescindibles.
Su mano y su dedo índice se movieron solos.
La pistola de Jake tronó y la bala salió disparada contra el elemento móvil que pretendía atacar a los dos únicos indefensos del lugar. El impacto fue brutal. La cabeza retumbó y el individuo cayó a un lado, armando un escándalo considerable, que no llegó a oír. Escuchó a Boswell gritar algo y se lanzó, a la carrera, en dirección a Levor. Sin embargo, pese a que la razón, en medio del caos, le ordenaba que se quedara donde estaba, Jake echó a correr a cubrir a ARyan y Parn.
Pudo distinguir a Levor en el suelo intentando esquivar una estocada y a Boswell deteniendo la trayectoria de ésta con su impresionante puñal. También, pudo vislumbrar a Adrana apuntando con su revólver a un caballero, con Nairda en el suelo, blandiendo la espada láser en su otra mano. Sin embargo, no tuvo tiempo de preocuparse por ellos.
Podía escuchar los latidos de su corazón, acelerándose, como si estallaran en sus propias sienes.
- ¡Mierda! –Masculló entre dientes, al ver a ARyan llorando y sosteniendo el cuerpo inerte de Parn.
Otro insensato llegó a la carrera a donde ARyan. Jake no dudó, se interpuso entre ellos y el caballero sin rostro, oculto tras uno de esos cascos plateados.
Levantó su pistola, ahora ligera y liviana, brillante y reluciente, y cerró su ojo izquierdo. Apunto al objetivo y disparó sin dilación. Ni siquiera notó el efecto repulsivo del disparo.
Fue una sensación extraña y poderosa la que sintió Jake, totalmente sordo y ajeno a la batalla campal que se había desatado ahí. Era como si siempre hubiera utilizado un arma y se hubiera desenvuelto en este tipo de batallas. El otro caballero cayó de bruces, dejando a la vista de Jake a Adrana al lado de la princesa Ana.
Y el tiempo, que se había estirado enormemente, se congeló de nuevo.