lunes, 05 de octubre de 2009

Cuando llegaron ante ese objeto, quedó claro que se encontraban ante una bola de cristal, totalmente opaca que, por algún oculto mecanismo, emitía una especie de destellos, como si el Sol le diese directamente. Ambos hombres desmontaron, dejando primero caer sus pesadas mochilas al suelo, y dejaron sueltos a los corceles, quienes se alejaron mordisqueando la hierba, sin importarles el aguacero. Jake se colocó con rapidez la pesada mochila en la espalda, mientras observaba a Boswell abriendo la suya, con una rodilla clavada en el suelo. Primero sacó una especie de cantimplora de piel que le ofreció y éste denegó, para beber un poco de ella. Después, la guardó en su interior y sacó una correa extraña con dos puñales morados encajados a la misma.

- Y… ¿eso?

El Portador de las Llaves alzó los hombros, como si la pregunta hubiera sido innecesaria. Antes de responder, se quitó la camisa empapada que tenía encima, quedándose en camiseta, e introdujo la extraña correa por cada uno de los brazos, atravesándole el pecho y la espalda como si fuese una especie de mochila reforzada. Ajustó los agujeros y ambos puñales quedaron perfectamente encajados en la espalda, con las empuñaduras ligeramente cruzadas y salientes a la altura de su cadera. Extrañado y curioso, observó como, tras ajustar todos los agujeros en la altura correcta, hizo la prueba de coger ambas empuñaduras, cruzando sus propios brazos sobre su vientre, hacia la espalda. Cuando comprobó que se deslizaban con rapidez y facilidad, volvió a encajarlas, claramente satisfecho.

- Esos puñales… ¿Desde cuando son tuyos?

- Me los regaló Leinad. Diría que casi fue un préstamo acelerado, con cursillo intensivo de manejo incluido. –Dijo, prácticamente bromeando.

Jake cruzó sus grandes brazos en su pecho, sorprendido. ¿El Rey Leinad en persona le había regalado dos puñales a ese hombrecito? Porque, claro, si se comparaba la corpulencia y altura de Jake con la de Boswell, estaba claro que era un gigante contra un enano, y eso que el propio Markus le hacía sentirse, a él mismo, pequeño…

- Después de la batalla, la noche en que se acercó a disculparse por habernos visto en medio de la trifulca campal del Salón de los Reyes y siguiendo el consejo de una persona, decidí que tal vez algo parecido al cinto que lleváis Ottavia y tú mismo podría ayudarme. Ya que me los han regalado y me defiendo con ellos… ¿De algún modo cómodo he de llevarlos, no?

Cuando menos esperaba una explicación ésta llegó, dejándole totalmente asombrado. Costaba acostumbrarse a este “nuevo” Boswell, que hablaba sin exaltarse, ni parecía que estaba conspirando contra todos, mientras que todos supuestamente conspiraban contra él.

- Lo que me pregunto es cómo vas a llevar esos puñales y la mochila en la espalda, a la vez. 

Boswell volvió a alzar los hombros, de nuevo, como si estuviera hablando con alguien que hacía preguntas innecesarias. Rebuscó en sus bolsillos con ambas manos y sacó, de uno de ellos, el manojo de llaves que siempre llevaba con él. Jake las contemplo con extrañeza, dándole la sensación de que las llaves eran terriblemente pesadas y que, éstas, habían encogido, desde la primera vez que las había visto. Eso sí, seguían con el mismo brillo y esplendor de siempre, al menos. El Matemático cogió el asa por la cual colgaban las tres llaves y las encajó en uno de los huecos libres del cinturón de su pantalón vaquero empapado, dejándolas caer. Volvió a agacharse, rebuscando de nuevo en su mochila y sacó dos cantimploras llenas, con varios emparedados perfectamente protegidos en una especie de bolsa, que encajó en su mano izquierda. Una de las cantimploras la introdujo en el bolsillo trasero del pantalón y la otra la introdujo en la bolsa de la comida. A continuación sacó un par de calcetines secos, que introdujo en la bolsa de comida y unas gafas de sol inútiles que se clavó en la cabeza, muy divertido con la expresión de incomprensión total de Jake.

- ¿Tu crees que vamos a necesitar todo ese mamotreto para asaltar la Torre? ¿Lo hemos necesitado alguna vez en las anteriores torres?

- No. –Respondió automáticamente.

- Pues esta torre no va a ser diferente. Lo único que realmente vamos a necesitar, aparte de una suerte tremenda, van a ser mis puñales y tu pistola. Lo demás viene sobrando.

Jake no pudo evitar reírse ante la evidencia. Dejó caer su mochila sin reparo alguno y, durante los siguientes cinco minutos, hizo exactamente lo mismo que Boswell.

Cuando ambos hombres comprobaron que llevaban lo que consideraban lo mínimo, anudaron las mochilas en un solo bloque y cogieron las bridas de los caballos. Ataron las bridas al nudo de las mochilas y, de este modo, se aseguraron que carga y cargador no fueran muy lejos en lo que tardasen en volver.

Se acercaron a la bola y observaron a irregular superficie de piedra en la que estaba clavada, por si había algo nuevo o algún mecanismo oculto que les ayudase a adivinar cómo llegar a la Torre de la Rosa. El viento se había vuelto más gélido en el rato que estaban en la intemperie y la lluvia cada vez más fuerte e incordiona.

- Jake…

Se giró a Boswell, quien parecía muy aliviado, como si hubiese llegado a una conclusión obvia y estuviese reprendiéndose a sí mismo con dureza por no haberse dado cuenta antes.

- Creo que sé… él…

- ¿Te refieres a Markus?- Boswell asintió.- Sí, esa impresión me da. A fin de cuentas, él desapareció en el mismo momento en que tocó la Bola. Y teniendo en cuenta que cuando Adri hizo lo mismo, no ocurrió nada, sólo admite una absorción o lo que sea que haga.

- Entonces has llegado a la misma conclusión que yo. Si eso funciona así, no queda más remedio que hacerlo a la vez.

- Pues hagámoslo.

Vio dudar a Boswell un instante, como si la idea de “viajar” tocando a una bola se volviese ilógica e irreal.

- ¡Vamos!

Sin dar opción, atrapó la mano izquierda de Boswell con su mano derecha, obligándolo a agacharse y a apoyar toda su palma sobre la bola, al mismo tiempo que él mismo posaba la suya.

No hubo explosión de luz, tampoco un sonido o algún movimiento o hecho que les indicase que la situación había cambiado. Nada.

- ¡¿Dónde estamos?!

La voz angustiada de Boswell fue lo único que le hizo darse cuenta de que, aunque, en apariencia, nada había pasado, en realidad, sí había sucedido.

La única diferencia era que la hierba había desaparecido, junto con el mar, el viento y la lluvia, para estar en medio de una estancia oscura, silenciosa, protegidos de la intemperie, con las manos aún apoyados en una réplica de bola de la que, supuestamente, un segundo antes, habían posado sus manos.

Con temor, soltó ambas manos de la bola y miró a su alrededor.

-Boswell… 

- ¿Si?

- Mira.- Indicó con el índice hacia el ventanal de la pared.- Estamos dentro. Estamos en la Torre de la Rosa.


Publicado por xuantxu @ 12:00
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